Robar el paraíso a Dios

Jesús, destrozado por las heridas y agotado por la subida hasta el Calvario, se va consumiendo en la Cruz. Le han crucificado entre dos convictos. Entre insultos e improperios, la voz entrecortada de Jesús va recitando retazos de esos salmos que dan fiel cumplimiento a la profecía: Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Pudiera parecer una cruel paradoja esa vida que agoniza en un madero, cosido con clavos y coronado de espinas. Sin embargo, mientras uno de esos dos ladrones lanza blasfemias contra el Justo, el otro, tímidamente, pide compasión, acariciando la misericordia que, a borbotones y, entre chorros de sangre, sale del corazón divino de Cristo. “Acuérdate de mí cuando estés en el Paraíso”.

La ternura de Dios alcanza a todos los hombres y, de manera especial, a aquellos que han vuelto a la casa del Padre con sencillez y sin reservas. ¡Bendita fiesta en el Cielo por un alma que vuelve su rostro al amor de Dios! “Aunque una madre se olvidara de su hijo, Yo nunca me olvidaré de ti”. Y esa promesa alcanza al hijo de María que, moribundo, dirá al ladrón arrepentido: “Te aseguro que hoy entrarás conmigo en el Paraíso”. ¡Qué fácil es “robar” a Dios su corazón cuando, con arrepentimiento sincero, le reconocemos como el único que puede apagar nuestra sed! Hoy, aquí y ahora, haz el propósito de poner tu corazón junto a ese otro, llagado y maltrecho, del que sólo mana piedad y compasión por todo aquello que te hace sufrir y llorar.

Tú también serás capaz de “robarle” el Paraíso a Dios, y no habrá ya otra cosa que ocupe tu vida. Sólo los que aman, ¡de verdad!, pueden decirse semejantes locuras. 

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Teología del cuerpo y Eucaristía. Pedidos a MATER DEI.

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