“Me ha sido dado todo poder”

El poder suscita un gran fascinación. Por él hemos inventado guerras, diplomacias, dominaciones, usurpaciones, asesinatos, traiciones, engaños, consensos… Es cierto que hablar de poder, en sentido absoluto, no es una palabra que se tenga como “políticamente correcta”, pero, también es verdad, que quien tiene y emplea el poder lo “venderá” ante los ojos de otros con distintos disfraces: lo conveniente, algo transitorio, fruto de la democracia, la voluntad del pueblo… Y cuando ya está uno en lo más alto, desde abajo se maquinan métodos para derrocar (da igual la forma política imperante) al que consideran tirano, inepto o totalitario. “No sea así entre vosotros”, dice el Señor a sus discípulos.

La clave la dará Jesús, contradiciendo cualquier experiencia humana hasta entonces, en el “servir a los demás”, y en “el que quiera ser primero, sea el último”. Sin embargo, al final del evangelio de Mateo, reunidos todos los que seguían a Cristo en Galilea, en el monte de la Ascensión, oyeron de sus labios estas palabras: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. ¿Contradicción de sentencias? No. Una única realidad: porque el Hijo de Dios, hecho carne, ha sido capaz de servir, hasta dar la vida por cada uno de los hombres y mujeres de la historia, pasada, presente y futura, se le ha otorgado el único y absoluto poder sobre todo lo creado.

Nuestra manera de ver las cosas podrá ver en ese reinado de Cristo un despotismo exacerbado y desproporcionado. Pero ya Jesús avisó a Pilatos que “mi Reino no es de este mundo”, que es como decir: “tu mundo, Pilatos, no existiría sin el Reino de Dios”. ¿Dónde está la respuesta? Pues en aquello que podemos leer en el Antiguo Testamento: “Mis caminos no son vuestros caminos, mis planes no son vuestros planes”, dirá Dios al Pueblo de Israel… y a cada uno de nosotros. Procuremos servir al prójimo, empezando por el más próximo, como el mismo Jesús nos ha servido: sólo y exclusivamente por amor, sin esperar nada de este mundo, que es la mejor manera de dar la vida, día a día, momento a momento… y el Reino de Dios ya comenzará a nacer en nuestros corazones. 

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