“Vivía sujeto a ellos” (Lc 2,50)

Impresiona que el evangelista resuma la mayor parte de la vida de Cristo en esas pocas palabras. ¡Cómo se sometió el Señor a la ley de los hombres! Y ¡cómo debemos someternos tu y yo a la ley de Dios! El Verbo encarnado se somete a la autoridad de los hombres para enseñarte a ti y a mi el valor redentor de la autoridad y de la obediencia. Ambas han de nacer de la verdadera caridad, si no quieren convertirse en autoritarismo postizo o en sumisión hipócrita y servil.

El servicio de la autoridad tiene mucho de ese Cristo del cenáculo de Jerusalén que se inclina para lavar los pies de sus discípulos. La obediencia tiene también mucho de ese Cristo de Getsemaní que, por amor al Padre, renuncia a su propia voluntad y llega hasta la Cruz, que es el extremo del amor. Ni Gersemaní ni el cenáculo de Jerusalén se explican sin esa obediencia de Dios, tan oculta y aparentemente tan absurda, durante los años de vida de familia en Nazaret. Y, sin embargo, en esa obediencia está escondido el mayor de los misterios de Dios, que es la entrega del Hijo Unigénito a la sola voluntad del Padre de los cielos. Y así, en esa obediencia, se realizó la redención de los hombres. Examina cómo es tu actitud obediencial.

Cultiva, en ese día a día de tu vida, ese espíritu de caridad obediente hacia todos, principalmente hacia los que tienes más cerca, hacia aquellos con los que pasas más tiempo o dedicas más trato. Cuida tu forma de ejercer la autoridad, que nunca has de confundir con el poder, el autoritarismo o la imposición. Si quieres, siempre encontrarás excusas, justificaciones, defectos personales, piadosos buenos motivos para no obedecer a tiempo, de buena gana, sin quejas, sin dejarlo para más tarde. Si quieres, siempre podrás encontrar en tus superiores y en los demás motivos más que suficientes para ver la obediencia como un absurdo. Pero, si quieres, puedes convertir ese deber de la obediencia en una ocasión preciosa para parecerte un poco más a tu Cristo, a ese Hijo que existe sólo en el Padre y para el Padre. 

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Comentarios

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