“Abrieron sus cofres” (Mt 2,11)

Cuánto enseña la sencillez de aquellos magos de oriente. Procedían, quizá, de Persia, o de Babilonia, o del sur de Arabia, y durante muchos años habían estudiado pacientemente las profecías que anunciaban el nacimiento de un llamado Mesías. Ahora, hacia el año 5 ó 4 antes de la era cristiana, parecía que la trayectoria misteriosa de varios astros anunciaba, por fin, el cumplimiento de aquellas profecías, y todo parecía apuntar a la insignificante y desconocida aldea de Belén, en la región de Judea. Hacia allá se pusieron en camino los magos, cargados con riquezas y perfumes de sus tierras, con los que habrían de agasajar y adorar a aquel grande y distinguido personaje que acababa de nacer. Después de un largo y duro camino, lleno de incertidumbres, dudas y cansancios llegan, por fin, a Belén, guiados por la luz de aquel astro misterioso y desconocido, que nunca hasta entonces habían visto en los cielos. La estrella se paró anunciando el sitio: un establo ruinoso y casi solitario, a las afueras del bullicio de la aldea, sumido en la austeridad de un paraje animado sólo por la compañía de unos pocos animales. Allí llegaron los magos y encontraron “al Niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2,11).

Si los magos hubieran seguido la lógica humana, al ver aquel sitio y al encontrarse, después de todo un largo y trabajoso viaje, con un niño dormitando en un pesebre, hubieran tenido que protestar, criticar, comentar y corregir el nefasto modo en que estaban sucediendo aquellas cosas. Además, ellos eran personajes distinguidos y su visita hubiera requerido, al menos, un recibimiento digno y adecuado a su fasto y condición. El evangelista cuenta, sin embargo, que los magos, al ver al Niño y a su madre, abrieron sus cofres y le adoraron ofreciéndole todo lo que tenían. Era el gesto de tributo y de adoración que en su tierra se reservaba sólo a los más grandes reyes y emperadores.

Los magos no dudaron, no comentaron, no se quejaron, no indagaron con impertinencia detalles y curiosidades sobre aquella familia y aquel sitio. Quizá no entendían lo que estaban viendo y hasta les desconcertaba aquel extraño modo en que se estaban cumpliendo las profecías mesiánicas, pero abrieron sus cofres y adoraron al niño. Abrieron con sencillez el alma a los planes desconcertantes de Dios y a su modo de hacer las cosas, a las circunstancias absurdas e incomprensibles en las que muchas veces se esconde la misteriosa acción de Dios y que tanto trastocan y despistan nuestra lógica humana.

Adora tú también a este Niño que pide sólo de ti la llave de tu cofre. Ofrécele el oro de tu amor, la mirra de tus sufrimientos, el incienso de tu oración y de toda tu vida, y ábrete a la acción de la gracia como el cofre de aquellos sencillos magos de oriente. Importa mucho que te pongas en camino, que salgas de tu tierra y de tus cosas, de tus comodidades y medianías; importa sobre todo que con tu cofre, vacío quizá de riquezas, o lleno incluso de muchos pecados, adores y te ofrezcas a este Niño que sólo entienden los sencillos. 

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