Un pastor despistado

La Sagrada Escritura nos cuenta cómo el día del nacimiento del Hijo de Dios, los primeros en ser avisados de dicho acontecimiento fueron los pastores. “Gloria a Dios en el Cielo…”, proclamaron los ángeles a los que custodiaban el ganado al raso de la noche, y obedientes a los mensajeros de Dios, acudieron con la certeza de que aquello que habían escuchado era cierto… y se acercaron al pesebre con sus humildes presentes.

Sin embargo, lo que no cuentan los Evangelios, es que entre aquellos pastores había uno, bajito y rechoncho, que sin haber sido testigo directo de la Buena Nueva de los ángeles, acudió junto con sus colegas, pero con el sentimiento de aquel que dice: “a ver qué pasa”. Al llegar al sitio señalado, nuestro protagonista, sin ningún regalo entre las manos, se fue haciendo sitio entre sus compañeros, medio entre empujones, para contemplar en qué consistía el acontecimiento… Una mujer joven que no apartaba su mirada de un recién nacido, medio adormecido entre pajas, un varón no entrado en años y unos animales que con su aliento prestaban su calor a la fría noche, eran los destinatarios de las miradas de los recién llegados. ¿Qué era ese espectáculo?, ¿por qué tanta admiración?… y, además, todos se iban arrodillando ante ese niño, uno a uno, mientras depositaban sus objetos (alimentos, corderillos…) a los pies de aquel a quien adoraban.

Fue entonces, cuando nuestro pastor, bajito y rechoncho, fijó su mirada en los ojos de aquel recién nacido, y quedó absorto. Su despiste le había llevado a ese lugar, y ahora quedaba prisionero de la “magia” de un ambiente que le hacía elevarse hacia lo más alto… se acercó al niño, y lo besó en la frente. El niño sonrió, le cogió el dedo pulgar, y se puso a jugar con él… el pastor reconoció en esa mirada al mismo Dios que, con extremada sencillez, le invitaba a entrar en su vida… la humildad de esa escena, con cada uno de esos personajes, sería a partir de entonces el trono donde cualquier gloria humana acabará en incomprensión, cuando se es incapaz de aceptar lo único que sí vale la pena: hacer sonreír al mismo Dios.

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