“Lo envolvió entre pañales” (Lc 2,7)

Toscos pañales serían aquellos que abrazaron por vez primera la carne infante de Dios hecho Niño. Preparados con mimo por el corazón expectante de la Virgen Madre, aquellos duros hilos tuvieron la dicha de arropar la carne santa del Verbo humanado. Jamás habría encontrado la Virgen Madre telas más dignas para acoger y cubrir al Verbo de Dios que aquellos rudos pañales que cubrieron de humana desnudez la naturaleza divina de Dios Niño. Las manos y el abrazo de María suavizaban la aspereza de aquellos hilos y cubrían de dulzura la soledad y pobreza de aquel pesebre de Belén.

Pañales de fría soledad, de escondido anonadamiento, de desnudez e impotencia, fueron aquellos duros y miserables trapos de la carne que arroparon el nacimiento del Verbo. Pañales de pobreza y de pecado son también los que arropan a ese Cristo que nace hoy en tu alma. Y, sin embargo, también en ti sigue la Virgen Madre abrazando y rodeando de dulzura a ese Niño que se hace carne en el pesebre de tu vida. Adora la desnudez de ese Dios que llevas dentro y no temas arroparle con los pobres pañales de tu alma. La belleza de aquellos rudos paños de Belén embelesó a los ángeles, que nunca pudieron abrazar, como ellos, aquella carne infante de Dios Niño.

Tu pobreza espiritual, tus pequeñas fidelidades, tus amores y cariños, tus lágrimas de arrepentimiento, tus deseos renovados de entrega a Dios, tus ofrecimientos, tus silencios y aceptaciones, son pañales toscos y rudos que arropan con la belleza de lo pequeño la desnudez de ese corazón enamorado de tu pesebre. Entrégale a la Virgen Madre esos pobres pañales de tu alma, manchados de pecado y de miseria, y deja que con ellos envuelva una vez más a Cristo Niño naciendo hoy en tu vida.

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