“Vosotros sois mis amigos” (Jn 15,14)

El amor de amistad es generoso y desinteresado. Busca sólo y continuamente el bien del amigo amado. Se asienta en una incansable renuncia de sí, fruto sólo de ese amor auténtico que brilla más puramente cuanto más se va acrisolando en el sacrificio. Necesita fraguarse lentamente, al calor de la pureza de alma y de la confianza inquebrantable en el amigo, si quiere resistir los embates impetuosos del tiempo, de las pruebas y dificultades, o del olvidadizo corazón humano. Crece sólo en la intimidad, cuando se saborean con el amigo esas dulces confidencias en las que le entregamos el alma. Soporta, acepta, abraza y ama todo lo que el amigo es. Sabe llevar sobre sus hombros las cargas más pesadas del amigo y hasta dar la vida por él en cada pequeño minuto del día a día.

Más allá de las mutuas limitaciones y defectos, el amigo es siempre un remanso, ese alma gemela en quien siempre podrás encontrar descanso. Guarda con sumo cuidado el tesoro de la amistad, sobre todo si la vives como esposo en el matrimonio o como consagrado en tu entrega al Señor. Sé, sobre todo, amigo de Dios y paladearás ese regusto de Cielo que deja en el alma la presencia íntima y dulce del Amigo. Cuida con delicadeza de amigo tu trato diario, personal, íntimo con el Señor, porque también la oración es escuela de amistad. Tratando con este Corazón amigo y traspasado verás que, como Él, vas dejando de ser siervo y te vas haciendo amigo de silencios y eternidades.

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