No te compares

 Entre las multitudes que seguían a Jesús había muchas mujeres, niños, curiosos, otros movidos más o menos por el interés, y enfermos, muchos enfermos deseosos de encontrarse con Él. No debía ser nada fácil el desplazamiento de acá para allá, buscando al Maestro por donde quiera que fuese, durmiendo a la intemperie y haciendo de todo para abrirse paso entre la gente y ser el primero en poder expresar al Señor la súplica de su curación. Como fruto del cansancio y del deseo imperioso de sanar, quizá naciera entre ellos alguna que otra discusión y rencilla, argumentando que la propia enfermedad era más grave y urgente de curar que la de los demás. Todos, sin embargo, eran enfermos. 

Tú y yo corremos el peligro de compararnos con otros y terminar juzgando lo que no conocemos bien. Sin darnos cuenta de que todos somos enfermos, compartimos las mismas dolencias que nos causa el pecado. Has de detectar cuál es tu enfermedad, tu defecto dominante, para sanarlo. Has de conocer tus posibilidades y límites para no fijarte metas que jamás podrás alcanzar y que te llevarán, por eso, al desaliento. Has de encontrar tu propio estilo de santidad, que es la que Dios te pide en la circunstancia concreta en que estás y no en la situación ideal que tu imaginas, con esa familia que te rodea y no otra, allí donde el Señor te ha colocado y no en donde tu quisieras estar, con esa forma de ser que Dios te ha dado y no otra. Existen tantos caminos de santidad cuantas almas, únicas e irrepetibles, Dios ha creado. Has de recorrer el tuyo, sin compararlo con el de otros. Si tu medida es la de los demás, así de humana, tu santidad planeará a ras de suelo. Has de medirte y compararte sólo con el amor de Dios, ese que ves clavado en la cruz, y tu santidad planeará por cumbres insospechadas. 

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Teología del cuerpo y Eucaristía.

disponible ya en iTunes y en Amazon

Deja tu opinión

*