La sal sosa

Hay muchos hombres que aún no conocen a Dios. Y, tristemente, hay también muchos cristianos que le han conocido pero están muy lejos de Él. A unos y a otros hay que llegar, si no con tu palabra y tu testimonio, al menos con la mano de tu oración. Una sola alma, la tuya, es suficiente para que el Señor llegue, sólo por ti, hasta la Cruz. No deberías escatimar esfuerzos, tiempo, medios, iniciativas, para intentar que uno sólo de esos cristianos adormecidos y acomodados en la omisión, recuperara su fe y volviera sinceramente su corazón a Dios.

¿Cómo se puede soportar que los propios hijos de Dios se sienten a la mesa y no prueben siquiera una migaja de Él? ¿Cómo es que no nos duele vivir en la misma casa con tantos hermanos nuestros bautizados que han renunciado con su vida a ser hijos de Dios? No hace falta irse lejos de casa para ser el hijo pródigo o el hermano mayor. ¿Para qué puede servir esa sal adulterada, sosa, incapaz de poner un poco de sabor de Dios en todas las cosas? Cuida tu sal, ese poco o mucho de fe que tengas, no sea que se te pegue esa manera fácil, comodona y minimalista de vivir el Evangelio. Porque si tu sal se vuelve sosa, ¿cómo puedes pretender avivar uno solo de esos cristianos que conviven con un bautismo anestesiado y hasta olvidado? Por más que los demás te acusen de ello, nuestra respuesta a la Cruz del Señor nunca será lo suficientemente exagerada ni radical que debiera. No pierdas esa tensión espiritual y apostólica que hace de ti un minúsculo grano de sal capaz de sazonar de Dios el mundo entero. 

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