“Fuiste fiel en lo poco” (Mt 25,21)

El Evangelio está cuajado de día a día: el día a día de María, el de José, el de los apóstoles, el de las multitudes que le seguían, el de los fariseos, y, sobre todo, el día a día del mismo Señor que para muchos de su época y entorno pasó asombrosamente inadvertido. El sucederse de los días era para el Señor un sucederse ininterrumpido de fidelidades a la voluntad de su Padre. Y así, cumpliendo aquello que sólo el Padre conocía, iba El realizando la obra de la redención de los hombres.

Tu pequeña fidelidad diaria es la ocasión concreta que el Señor te ofrece para corredimir con El y asociarte a la grandiosa obra de su Cruz. Fidelidad a tus deberes de estado, en las responsabilidades propias de tu profesión, en eso que no entiendes o no te apetece, en eso que tanto te cuesta, en ese pequeña renuncia o vencimiento, en ese acto interior que sólo Dios llega a saber. Fidelidad, sobre todo, al Señor, en los pequeños compromisos diarios que sostienen y alimentan tu vida cristiana. Pero no se trata sólo de la fidelidad que nace de un mero deber de justicia para con Dios y que puede instalarte en el cumplimiento de un cristianismo de mínimos. Es, sobre todo, esa fidelidad, quizá monótona y muy escondida, que quiere ser expresión de una finura y delicadeza de amor únicas para con Aquel que se te da todo. La mayor y más fecunda fidelidad de Dios está en la cruz; ahí también debe estar la tuya. En esa fidelidad pequeña de tu día a día, sostenida por la gracia, tu alma se hace grande, a la medida de ese Cristo crucificado que selló su fidelidad con un corazón traspasado por ti.

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