Ser puntuales

Que no te caracterice la impuntualidad. Es síntoma de desorden, de falta de previsión, y puede serlo de desinterés y hasta de una caridad poco fina en detalles. Podemos echar la culpa a los medios de transporte, a los atascos, a los imprevistos de todo tipo, pero con eso sólo logras, quizá, quedar bien por un momento ante la persona que ha tenido que esperarte. La impuntualidad reiterada necesita ser educada. Quizá nace de la costumbre de dejar las cosas para el último momento, o de ambicionar tu tiempo, apurando hasta el final esa actividad que te gusta y que no sabes cortar, con desprendimiento y libertad.

La impuntualidad sólo te aporta prisas y enfados y, lo que es peor: además de hacerte perder a ti el tiempo, haces perder el tiempo a los demás, un tiempo del que tu no eres dueño. Hay que estar en el sitio que Dios quiere que estemos y a la hora y en el momento que Él quiere, no cuando tu quieras. ¿Te has fijado con qué exquisito cuidado habla Jesús de su Hora? Esa Hora tenía su momento, el que había fijado el Padre, ni antes ni después. Sólo María se atrevió a adelantar esa Hora de Dios en aquellas bodas de Caná. Cada hora, cada momento, de tu vida y de las demás son horas y momentos de Dios. En cada uno de ellos, si quieres, tienes una cita con El. No llegues tarde, no le hagas esperar en esa cita de todos los momentos del día, en la que Dios espera incansable y paciente que tú te unas a Él. 

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Teología del cuerpo y EucaristíaDisponible ya en iTunes y en Amazon

Deja tu opinión

*