Las piedras de Getsemaní

Cuántas veces recortas el tiempo de tu oración diaria, o la dejas de hacer, porque te desanima no sentir nada, o crees que pierdes el tiempo, cuando tienes tantas cosas pendientes de hacer. Mira aquellos apóstoles a los que el Señor se llevó consigo al huerto de los Olivos. ¿Puede haber una compañía en apariencia más inútil que la de aquellos tres apóstoles dormidos y abatidos por el cansancio, precisamente en las horas más duras y dolorosas del Señor? Y, sin embargo, allí permanecieron.

En aquella agonía previa a la pasión el Señor quiso acompañarse, una vez más, de la debilidad de sus criaturas, la misma que él estaba sintiendo ante la proximidad de la Cruz y ante el cumplimiento de la voluntad del Padre. Aquella noche quizá sólo las piedras sobre las que oraba, postrado y derrumbado, supieron acompañarle, aun sin darse cuenta de que eran bañadas por gotas de sangre redentora. Piedras y oscuridad, mucha oscuridad, y mucha debilidad humana, hasta que un ángel vino a consolarle. ¿Cómo es posible que renunciemos a la compañía que el Señor espera cada día en nuestra oración con mayor dureza que la de aquellas piedras de Getsemaní? ¿Ni siquiera eres capaz de ofrecerle al Señor la oración de tu desgana, de tu debilidad, de tu sueño, de tus ocupaciones, puestas allí junto a El? Ora, aunque sea como las piedras, pero ora. También la debilidad fue la oración del Señor. Porque siempre hay un Getsemaní que acompañar, en tantos hermanos nuestros que sufren y en tantos pecados que hay que clavar en la Cruz.  

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