Ama siempre a la Virgen

Hay aspectos de la ternura y misericordia de Dios que sólo podíamos conocer a través del corazón virginal y materno de María. Sin Ella el misterio de Cristo es inexplicable. El mayor deseo humano jamás hubiera podido sospechar ni imaginar nada de cuanto Dios nos ha regalado en María. Su dulce presencia, inefable para el corazón que sólo sabe hablar con el amor, se hace entrañable, materna, cercana, cuando presentas ante Ella tu corazón herido de hijo.

Cuántos sinsabores, cuántas penas y dolores, cuánta amargura y soledad, cuánto dolor desengañado, cuántas lágrimas, no habrá enjugado esta Madre desde que el corazón de los Tres quedó enamorado de esta bellísima alma. Así es tu Madre. La que llena de amor a Cristo todos los huecos y vacíos que el pecado deja en tu corazón. La que no se cansa de velar aun en esas noches largas y oscuras por las que a veces camina perdida tu alma. Aquella que embelesa y anonada el corazón de Dios. Así es tu Madre. Nunca dejes de amarla e invocarla. No te olvides nunca de ese regazo materno, tan divino; aquel en el que un día reposó el rostro de Cristo y en el que siempre podrás sentirte abrazado.

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