Sé agradecido

Con todo y con todos. También con los que te hacen daño o algún mal, porque si sabes aprovechar eso que tú llamas ofensas ganarás un bien espiritual para tu alma mucho mayor que el daño que quizá te hayan podido hacer. Hay que agradecer lo grande y lo pequeño, lo bueno y lo malo, porque en todo está Dios. Comienza tu jornada agradeciendo al buen Dios todo lo que te viene de Él. A lo largo del día no te olvides de renovar ese agradecimiento y reconducirlo todo a Él. Por la noche, que el momento final de tu examen de conciencia sea también de profunda gratitud. La gratitud nace bien enraizada en esa humildad que sabe atisbar en todo a Dios. Agradecer es reconocer el bien que hace Dios en otros y en uno mismo; es devolver a Dios esa creación que salió de sus manos.

La gratitud es, sobre todo, una actitud ante la vida, las personas y los acontecimientos que va dejando en el alma un poso de alegría y de fe sencilla en la providencia de Dios. Crece en tu conciencia de hijo de Dios y sentirás cada vez con más fuerza la necesidad de agradecer a este buen Padre todos sus desvelos. Acuérdate de aquel leproso, el único de los diez curados, que volvió glorificando a Dios a grandes voces y que, cayendo a los pies de Cristo, con el rostro en tierra, le dio las gracias (cf. Lc 17,15-16). No seas tú de aquellos otros leprosos que, curados, no volvieron agradecidos, y que arrancaron del corazón de Cristo aquella dolorosa queja: “¿No han sido diez los curados? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?” (Lc 17,17). 

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