¿Qué importancia das a la Palabra de Dios?

“Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón” (Jr 15,16). El profeta Jeremías, quizá sin darse cuenta, ponía ya acentos eucarísticos en su lectura de la Palabra de Dios. Si en cada Eucaristía te alimentas de la Palabra hecha cuerpo eucarístico, ¿cómo no prolongar a lo largo del día el regusto y el sabor a Dios que te ha dejado esa comunión? Deberíamos sazonar cada una de nuestras jornadas con un poco más de Sagrada Escritura. Deberíamos alimentar más nuestra vida espiritual con esa fuerza y eficacia que posee la Palabra de Dios. No dejes que acabe el día sin haber considerado algún versículo o capítulo de la Biblia, sin haber releído las lecturas de la Eucaristía de ese día, sin haber empezado o acabado tu tiempo de oración acompañado de algún pasaje del evangelio.

¿Crees, acaso, que la Virgen podría pasar algún día sin escuchar la voz y la palabra de su Hijo? Ella, la Madre que dio carne y vida a la Palabra de Dios, pasó toda su vida en diálogo constante con la Palabra hecha carne en Ella y de Ella. Has de hacer carne en tu propia vida esa Palabra de Dios que contemplas en la Escritura y saboreas en tu comunión diaria. Has de dar vida a esa Palabra de Dios en el alma de muchos, con el mismo espíritu materno con que María engendró en su seno al Verbo, la Palabra, el Logos. En tus propias palabras, en tu vida interior, en tu trabajo, en tu apostolado, en las relaciones con los demás, deja que Cristo, Palabra del Padre, vuelva a hacerse carne en ti.

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