El rezo del Ángelus

En aquel momento de la encarnación sólo Dios y los ángeles pudieron estremecerse de emoción. ¡Con qué unción entraría el Espíritu Santo en el seno materno de María! ¡Qué escandaloso anonadamiento el del Verbo, desapareciendo en la carne virginal de su Madre! ¡Cuánta complacencia en el Padre, que entregaba su Hijo a la humana naturaleza caída! ¡Qué silencio sobrecogedor en el ánimo de todos aquellos ángeles, testigos privilegiados de un prodigio único e irrepetible! ¡Cuánta ternura y emoción contenida en aquel corazón vacío de María que tanto enamoró a los Tres!

El tiempo y la historia debieron contener su deseo al acoger en su seno, como aquella Madre, la carne del Verbo de Dios. Silencio sobrecogedor el de aquel instante que pasó desapercibido a los ojos del mundo. No dejes pasar ni uno sólo de tus días sin rezar la oración del Ángelus y unirte a aquella emoción divina que rodeó la encarnación del Verbo. Esfuérzate cada día por inclinar el corazón ante esta Madre que tanto enamoró el corazón de Dios, y adora en silencio la humildad de aquel Verbo anonadado en la carne por ti y para ti. En ese rezo diario del Ángelus vuelca tu amor agradecido al sí de aquella Madre virginal, que dio inicio a tu salvación. Para tu actividad, tus preocupaciones, tus afanes, tus estados de ánimo, tu alma, para inclinarte en adoración ante esa maternidad de María que tantos bienes nos ha traído.

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