Nuestras faltas de omisión

Pocas veces nos detenemos a considerar cuántas ocasiones y oportunidades hemos dejado pasar, a lo largo del día, en las que podíamos haber hecho el bien a alguien, podíamos haber hablado de Dios, deberíamos haber rectificado la intención de nuestros actos, podíamos haber crecido en tal virtud… El bien que podíamos haber hecho y no hicimos, quizá ya se quede sin hacer; te lo pedía Dios a ti, no a otro, y en ese momento, no en otro. Cuántas mociones interiores de la gracia, cuántas sugerencias de Dios al alma, quedan sin producir fruto porque caen en nuestra tierra árida, superficial, excesivamente prudente y correcta, comodona y perezosa.

Nuestras faltas de omisión obstaculizan la acción de Dios que, si bien es omnipotente, por la creación y la encarnación quiso que quedara unida a nuestra libertad. El mal y el pecado ganan terreno allí donde tu y yo no ponemos a Dios. Piensa, además, que ese bien que te has guardado podía haber embellecido aún más la santidad de la Iglesia por la comunión de los santos. No dejes de reparar con tu oración esos vacíos de bien que llenan tu vida. Deposítalos una y otra vez sobre el altar, en tu Eucaristía diaria, para que el Señor los haga fructificar de otra manera y por otros medios. ¿No sacó de la nada una bellísima y grandiosa creación? ¿No fecundó con el Espíritu Santo la nada virginal del seno de María? Pídele, una vez más, que transforme la nada de tu omisión en abundantes frutos de vida eterna para todos aquellos que esperaron tu  y no la recibieron.

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