Orar con insistencia

Vivimos, sin darnos cuenta, con una enorme necesidad de Dios y, sin embargo, preferimos llenar nuestra hambre con golosinas de falsos espejismos que dejan el corazón seco y   desabrido. Oramos poco y mal, y pretendemos saciar con nuestra anemia espiritual el hambre de Dios que padece el mundo. “Conviene orar siempre y no desfallecer” (Lc 18,1). Cristo oró. Oró con mayor insistencia cuanta mayor era la agonía de Getsemaní. Oró de manera extraordinaria cuando realizaba milagros. Oró también en lo ordinario, durante los largos años de la vida oculta de Nazaret. Oró en lo pequeño, cuando estuvo oculto en el seno de María. De su oración brotaba su apostolado. De su oración nació la Iglesia. Su oración en la cruz nos alcanzó el don del Espíritu. Has de orar, si quieres vivir en la realidad. Orar con Cristo y orar como Cristo.

¿Crees, acaso, que tu eficacia apostólica, tu vida de caridad, la reforma de tu carácter, la lucha contra el pecado, toda tu vida espiritual y tu relación con Dios pueden sostenerse sin la oración diaria? Te pueden las cosas, las prisas, el trabajo, las mil ocupaciones del día a día. Pero todo eso es echar agua por un colador, se vuelve espuma entre los dedos, si no nace de una profunda vida interior. No dejes pasar más días sin dedicar un poco de tu tiempo a estar con Dios. Búscate un Sagrario y haz de él el centro de tu jornada. Organiza tu horario de cada día dando prioridad a tu vida de oración y no dejes para después, para el final, lo más importante. Sólo así tu vida dejará de ser un metal que resuena y que hace mucho ruido, pero que no deja huella. En proporción a tu oración así será tu santidad y tus frutos.

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