Cuida la intención de tus actos

Aparentemente  puede que tu vida no se distinga mucho de la de los demás. Y, sin embargo, aunque hagas lo mismo que ellos, no debes hacerlo de la misma forma. En cada acción, en cada palabra, en cada acontecimiento, en cada minuto de tu jornada, hay algo capaz de dar valor de infinito a todo y de transformar lo más ínfimo y despreciable a los ojos humanos en gloria a Dios. Si eres capaz de rectificar a menudo la intención de tus actos, de reconducirlo todo a su centro, que es el corazón de Dios, estás dando pasos de gigante en la tarea de tu propia santificación y en la del bien de las almas. Purificar la intención y procurar ver a Dios en todo y en todos te proporciona un continuo incremento de libertad y de señorío sobre ti mismo y sobre las cosas.

Vivir la rectitud de intención te ayuda a ir purificando esa mirada de fe que necesitas para vivir el día a día sobrevolando y planeando, como las águilas, por encima de incomprensiones, juicios ajenos, opiniones contrarias, criterios desacertados, dimes y diretes. No olvides comenzar tu jornada ofreciendo todo a tu Dios. No olvides renovar ese ofrecimiento a lo largo del día, en momentos especialmente señalados, en circunstancias difíciles o incomprensibles, en las situaciones imprevistas y absurdas, en las propias faltas y caídas. Y, sobre todo, no olvides llenar ese último momento del día, la última oportunidad de la jornada, con un confiado y renovado ofrecimiento a tu Dios de lo que eres y quieres ser. Viviendo la rectitud de intención experimentarás una y otra vez que Dios es ese Padre fiel que, en cada momento de tu vida, no se cansa de esperarte y salir a tu encuentro.

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