Sirve a la Iglesia como hijo

Hay una tremenda diferencia entre el mercenario y el hijo. El amor totalmente desinteresado e incondicional de una madre no se merece como respuesta el servicio y la entrega de quien trabaja sólo por el salario y la recompensa humana. Aunque veas que entre los cristianos prima la lógica del interés propio, del quedar bien, del crecer en la buena fama, del hacer carrera y subir puestos, de ser considerado y tenido en cuenta, acepta con caridad todo eso que llamas “zancadillas”, desprecios y humillaciones, y no quieras tener otra ambición que Dios, sólo Dios. Hay muchos que trabajan en la Iglesia para sí mismos y pocos se deciden a trabajar en la Iglesia para la Iglesia.

Busca sólo el Reino de Dios y lo demás vendrá cuando y como Dios quiera. No caigas en la crítica fácil y comodona, en las simpatías y antipatías que tanto ahogan la eficacia apostólica, en esos criterios tan humanos que hacen del Reino de Dios una trama de políticas, influencias e intereses, que no te domine la ambición de los primeros puestos del banquete. Sirve a la Iglesia como sirve un verdadero hijo a su madre. Besa sus heridas y sus llagas, como besaría María las heridas y las llagas del cuerpo de su Hijo. Ama y sirve a tu Iglesia con ese amor gratuito e incondicional que tanto se parece al amor con que es amada por Cristo.

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