La fe de las mariposas

Las mariposas son apreciadas por la vistosidad y colorido de sus alas. Se mueven sin rumbo de acá para allá y se posan continuamente sobre todo lo que van encontrando en su vuelo, sin hacer nido en nada. No tienen mayores aspiraciones que buscar su alimento diario y prestar al brillo del sol los colores de sus alas. Son especialistas en el arte de engañar pues, detrás de sus espectaculares colores y formas, esconden grandes armas de supervivencia y otros talentos que, a primera vista, pocos saben apreciar y descubrir.

Muchos católicos viven su fe al estilo de las mariposas. Su devoción resulta, a los ojos de muchos, tan vistosa como los colores de esos insectos, pero, en el fondo, tan frágil y volátil como sus alas. Se mueven de acá para allá, posándose en la flor que acaban de descubrir, pero, detrás de ese revoloteo casi constante, se esconde la incapacidad para comprometerse con nada, ni con nadie. No hacen nido en Dios, sino en la propia inconstancia de su voluntad y en la fugacidad de sus sentimientos pasajeros, a merced de los cuales revolotean sin rumbo para justificar, así, su nombre de cristianos. Detrás de su aparente entrega, siempre superficial y de ocasión, se adivina el egoísmo de una inconstancia que evita la entrega total y sincera de sí. En lugar de cambiar de vida, cambian de circunstancias, manteniendo el continuo engaño de una fe aparente, incapaz de encararse con su propio egoísmo y comodidad. Son incapaces de clavar el clavo y dar martillazos hasta que se hunda en la pared, porque prefieren vivir con el clavo en la mano, dando martillazos acá y allá, sin clavar nunca nada.

No mariposees en tu vida espiritual. No cambies de rumbo cada vez que fracases o te desanimes. Examina con sinceridad las alas de tu vida interior, no sea que tu fe brille mucho al sol, como los maravillosos colores de las mariposas, pero sea tan engañosa y aparente como ellas. No cambies continuamente de plan de vida, de director espiritual, de grupo apostólico, de parroquia, de intenciones y propósitos. Con la excusa de estar siempre empezando, o de buscar algo mejor, nunca acabarás ni completarás lo más importante, y dispersarás en nada las fuerzas que necesitas para clavarte en la tarea de tu propia santidad.

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