Aceptar la Cruz, no entenderla

Nos gustaría un cristianismo sin esfuerzo, un Cristo sin Cruz, un Evangelio sin sufrimiento y sin renuncia, un Dios menos exigente, que no lo pida todo. Seguimos mirando el misterio de la Cruz desde los esquemas y medidas del sufrimiento humano, y no terminamos de creernos que sólo ahí, en la Cruz, encontramos el verdadero gozo del seguimiento de Cristo. Hasta que no llegues a penetrar en los sentimientos de ese corazón de Cristo doliente y crucificado no entenderás nada, o muy poco, del Evangelio.

Nunca podremos agotar, aquí en esta vida, la contemplación del misterio de la Cruz. Ni las palabras, ni siquiera los sentimientos y argumentaciones, son capaces de atisbar algo de ese Corazón crucificado de Cristo, penetrado por las tinieblas de la fe oscura y del abandono confiado en el amor de su Padre. Ponte a los pies de Cristo crucificado, junto a María Madre, y deja que Ella te ayude a entrar en la contemplación de este inefable misterio de la Cruz. Acepta y ofrece esa cruz tuya de cada día, en la que Cristo mismo prolonga y completa su oblación al Padre por todos los hombres. No te quejes, no te rebeles, no protestes a Dios, cuando te lleguen esos momentos de cruz que no entiendes. Sólo acéptala, sin pretender entenderla, pues no hay explicación alguna para esa salvación, al modo de Dios, que se cumple en el escándalo del absurdo. Piensa que tú ves esa Cruz desde abajo, desde el lado más humano, y que Dios la ve en su completa perspectiva, desde arriba, desde el lado de la gloria. No te canses de adorar y besar a este divino crucificado, que espera enamorado la correspondencia de tu pobre corazón y la fidelidad de tu pequeña vida.

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