“Pero él no respondió nada” (Lc 23,9)

Herodes preparó, con las prisas de la ambición, aquel inesperado encuentro con el Maestro Jesús. Convocó a toda su guardia, a los sumos sacerdotes, a los escribas, a todos sus cortesanos y amigos de palacio, seguro de que se ganaría la complicidad de aquel hombrezuelo con pretensiones de realeza. Si conseguía rendir a su capricho el poder extraordinario de aquel judío llamado Jesús, su fama y renombre correría de boca en boca por el Imperio y llegaría a ganarse la simpatía y el favor de la corte romana. Cuando Jesús entró ante él, se convirtió en el centro de un griterío burlesco y acusador, que le exigía grotescamente una demostración de su extraordinario poder. Herodes increpó a Jesús, primero persuasivamente, luego con violenta impaciencia, para que realizara allí, a la vista de todos, alguno de esos extraordinarios prodigios de los que tanto había oído hablar.

Jesús calló. Ni una palabra de queja, ni una explicación, ni un reproche o justificación, nada con lo que pudiera defenderse ante aquella turba que vociferaba con sorna, cegada por el afán del propio poder. Jesús no realizó el milagro que Herodes reclamaba y le dio, en cambio, ese otro signo mucho más prodigioso y extraordinario de su silencio. En tu oración diaria, no dejes de contemplar y empapar tu alma de este silencio de Cristo. Sustituye tus quejas, tus críticas, tus revanchas, tus justificaciones, tus enfados y tus excusas por ese mismo silencio de Cristo, lleno de mansedumbre y de perdón, cuando te pesen las humillaciones, las burlas y los menosprecios de tus acusadores. Aprende a estar en la Cruz, junto a ese Cristo que es humillado en ti, con el silencio mudo y callado de quien está asociado a su misma redención.  

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