“¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?” (Mt 26,15)

A veces, el comportamiento de personas de la Iglesia nos pueden escandalizar. Algunos no pueden imaginarse que sacerdotes, religiosos o gente consagrada, puedan tener una vida que no sea coherente con su estado eclesial. Sin embargo, la condición humana es algo inherente a todos, y la Iglesia está formada también por hombres y mujeres limitados, y, por tanto, también pecadores.

Gracias a Dios, se tratan de situaciones excepcionales, pues a lo largo de la historia son mayoría aquellos que con generosidad y entrega han ido gastando su vida en bien de las almas. Lo que ocurre es que esa manera de vivir, en todo el mundo, siempre se ha producido de manera silenciosa y escondida, sin esperar, en la mayoría de las ocasiones, el reconocimiento y el aplauso de los demás. Un sacerdote, por ejemplo, que en un pueblo olvidado, donde tiene a su cargo una veintena de almas, y que cada día, con su oración, y el ejercicio de su ministerio, dispensa los misterios de Dios a sus feligreses, no es precisamente una noticia en la portada de un diario sensacionalista. Tampoco lo son los que en países del tercer mundo entregan su tiempo y consagración a atender a aquellos que son marginados o despreciados… Mitigar ese dolor o sufrimiento es descubrir en cada uno de esos rostros el mismo rostro de Cristo Jesús, no el de la compensación humana, ni de cualquier tipo de triunfalismo mundano.

Que nadie caiga en el puritanismo de pensar que todos los que tienen alguna responsabilidad en la Iglesia, gozan por ello de la “inmunidad” para pecar. Judas acompañó al Señor hasta que lo entregó en Getsemaní por un puñado de monedas. Jesús lo sabía, desde el principio, y nunca lo denunció públicamente, sino que en todo momento esperó el arrepentimiento de aquel que le traicionó. ¿Seremos tú y yo más que el Hijo de Dios para juzgar o condenar? Es el misterio de la libertad. Lo que el Señor espera de cada uno de nosotros es nuestra oración y entrega personal en lo que nos toca ser y hacer… Lo demás, sobre todo cuando caemos en la tentación de la desproporción (convertir la excepción en categoría de “todos son iguales”), es dar pábulo para que el escándalo sea instrumento para el diablo.

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