“Extiende tu mano” (Mt 12,13)

Una de las veces que entró el Señor en la Sinagoga se topó con un hombre que tenía una mano seca y paralizada. Los fariseos aprovecharon la ocasión para sacarle, una vez más, el tema del descanso sabático y poder acusarle de ir contra la Ley de Moisés. Debió de impresionarle al Señor aquella mano, viendo cómo un solo miembro muerto inutilizaba la actividad de todo el cuerpo y restaba vida a aquel pobre hombre. Así era también la Ley en la que se apoyaban aquellos fariseos, seca, sin vida, enferma de parálisis, incapaz de sanar y tocar lo más profundo del corazón humano. Precisamente la Ley y los Profetas estaban plagados de referencias y alusiones a la mano y al dedo de Dios, que tantas veces intervino portentosamente en la historia de Israel. Él mismo, al inicio de los tiempos, había sido, junto con el Espíritu Santo, mano creadora del Padre. Precisamente en aquellos inicios, el Padre había creado también al hombre como mano suya, destinado a ser co-creador y dueño de una creación recibida como don y como tarea. En aquel primer sábado de la creación, en el que Yahvé descansó contemplando su obra, sólo había sobre la tierra vida y belleza.

Se agolparon en el corazón del Señor demasiadas emociones como para no curar la mano seca de aquel hombre y devolver así la vida a todo el cuerpo. No podía permitir el Señor, aunque fuera sábado, que aquel miembro siguiera sin vida, como tampoco podía permitir que un día hubiera en el cuerpo de su Iglesia ningún miembro muerto y paralizado. No quieras ser tú tampoco miembro muerto de la Iglesia. Extiende ante el Señor tus manos paralizadas por tanta omisión, autosuficiencia y comodidad. Deja que Él sane todos esos rincones del alma que aún no has dejado tocar por la mano y el dedo de Dios. Verás que también en ti, como en aquel primer sábado del Principio, Dios descansará contemplando la vida y la belleza de tu alma en gracia.

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