Jesús no curó al paralítico de Betesda

Aquel hombre llevaba treinta y ocho años postrado en una camilla. Se había acostumbrado a distraer sus días con el bullicio monótono de las gentes, haciendo de aquella piscina y de su curación el único centro de sus ambiciones. Todos le conocían, pero nunca nadie le había ayudado a llegar a tiempo al agua. Jesús le curó y él se marchó alborozado con su camilla. Los judíos, que le vieron caminando en sábado, le preguntaron quién le había curado, pero el enfermo no supo decir quién había sido. En realidad, tampoco le importaba mucho no saberlo. Sólo quería escapar de aquella postración. Jesús se le hizo el encontradizo. Quería sanar su verdadero mal: aquella parálisis interior que había postrado su alma en la mediocridad del pecado. Puesto allí, ante Él, tampoco esta vez el paralítico conoció al Señor. Se fue corriendo a contar a los judíos que aquel hombre era Jesús, a quien ellos buscaban para matarle.

Jesús no logró curar al paralítico, no logró hacer en él el verdadero milagro de la curación de su alma. El enfermo recuperó la salud, volvió a caminar, pero no se encontró con Dios ni quiso seguir al Maestro. El Señor, sin embargo, le mostró el poder de su misericordia, que no se cansa de perdonar siempre, sabiendo que volveremos a pecar. Tú y yo nos agarramos a la camilla de nuestras seguridades espirituales, de nuestra autosuficiencia, de nuestros esfuerzos voluntaristas y de nuestros méritos. Cuántos años, quizá, cuidando nuestra vida de piedad y de oración y, sin embargo, seguimos al borde del agua de la gracia, que no nos empapa ni cura. Cuántas veces hemos estado ante el rostro divino del Maestro, pero seguimos sin conocerle. Aquel paralítico no volvió a encontrarse más con el Maestro. Tú no sabes tampoco si después, mañana, tendrás una nueva ocasión de ponerte en camino de conversión.

El Retohttps://m.youtube.com/watch?feature=youtu.be&v=VkfFScT3GhA

 

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