“Le rogaron que se alejara de ellos” (Lc 8,37)

Los habitantes de la aldea de Gerasa conocían bien a aquel endemoniado, que vivía en los sepulcros y se mostraba desnudo ante la gente. Más de una vez habían tenido que atarle con grillos y cadenas, pues se manifestaba en él con gran virulencia el poder del demonio. El nombre de los demonios era “Legión”, porque eran muchos los que habían entrado en aquel hombre. Jesús liberó a aquel endemoniado del poder del mal, enviando a los demonios a una piara de cerdos. Los porqueros contaron con tanto asombro y temor lo que habían visto, que toda la aldea fue a pedirle a Jesús que se alejara de allí. Aquellos gerasenos no temían el poder del Señor, que se les había manifestado de forma grandiosa y espectacular. Temían, más bien, que aquel hombre les desinstalara de su vida acomodada. Estaban acostumbrados a convivir pacíficamente con el mal, habían aceptado que el poder de los demonios rigiera su aldea y su vida. Se encontraban así más o menos tranquilos. No querían que nadie viniese de fuera a romper aquella paz fría y aparente.

Es más cómodo vivir un cristianismo a la carta, de costumbre. Es más fácil vivir apoyados en una fe, que no necesita de la gracia para transformar ese corazón, que prefiere vivir como siempre, sin complicarse la vida. Pactamos indefinidamente con viejas actitudes y defectos que han anidado en el corazón desde hace tiempo, nos conformamos con ese rescoldo de fe que no crece con los años, preferimos la comodidad de una tibieza que no da problemas, antes que vivir en la tensión espiritual de crecer en el amor a Dios y en la propia conversión. Y, aunque recemos, o no hayamos perdido la fe de la infancia, podemos ser cristianos gerasenos, que prefieren convivir con su propio pecado y mediocridad, antes que dejar que el Señor entre de verdad a transformar nuestra vida.

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