Los trastos del alma

A veces, nuestra oración se parece a un armario lleno de trastos desordenados. Se nos agolpan en la cabeza todas las preocupaciones del día, repasamos las tareas que tenemos pendientes, las idas y venidas de la jornada, nos pueden las distracciones y el cansancio. Cuando nos quedamos quietos y en silencio es, quizá, cuando más resuena en nuestro interior el eco de ese ruido y alboroto, que nos ha dominado durante los trajines del día. Y, cuando nos damos cuenta, nos vence el desánimo porque, un día más, hemos llenado la oración de nuestras cosas, pero no de Dios. Es el momento de aceptar esa oración, tan llena de mundo que, a veces, es la única que podemos hacer. No pretendas que reine el silencio en tu interior, si a lo largo del día no has buscado momentos en los que elevar el corazón a Dios, ofreciéndole tu actividad, tu gratitud, tu amor, tu confianza, tus caídas o fracasos.

Hay que parar el alma y devolverle ese sosiego interior, que necesita para no dejarse arrastrar y arrebatar por las ambiciones y activismos, que nos dominan durante el día. Tu alma ha de ser, más que un armario trastero, un cofre precioso donde guardes con exquisitez esa presencia divina que siempre te acompaña dentro, aunque tú estés vertido hacia fuera. Tu conversación, tu trato, tu mirada, tus actitudes, tu saber estar, todo en ti sería mucho más parecido al ser de Cristo, si cuidaras esa presencia dulce y suave de Dios en tu alma. Así, a lo largo del día, irás preparando el clima de intimidad que, después en tu tiempo de oración ante el Sagrario, tanto te dispone para hablar con Dios y escucharle en tu interior. No escatimes esfuerzos para poner el corazón, una y otra vez, en Dios, en quien debe estar tu único tesoro.

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