“Ha escogido Dios lo necio del mundo” (1 Co 1,27)

Cuando recibimos el reconocimiento de los demás por lo que hacemos nos sentimos satisfechos y hasta pensamos que es algo justo y debido por el bien que hemos hecho. Decía alguien que el gran negocio del siglo sería vendernos por lo que pensamos que valemos y comprarnos por lo que realmente valemos. El convencimiento de lo poco que tenemos, si no fuera porque lo hemos recibido de Dios, no es un supuesto para amedrentarnos, sino la certeza de que somos criaturas, no autosuficientes, y de que sin Dios, nada seríamos. San Pablo nos dice que “ha escogido Dios lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte”. El reconocimiento de que sin Dios todo es fatuo, nos pone en el sitio que nos corresponde, ya que sin los aplausos de los hombres uno podría pensar que ha caído en el fracaso. Sin embargo, nada más erróneo. Porque, después de actuar con una verdadera rectitud de intención, es decir, de realizar nuestras obras cara a Dios, puede suceder que seamos criticados o perseguidos por el mundo. Esa falta de adecuación con el pensar de los hombres, ¿supondría que estamos haciendo las cosas mal?

Depender del juicio ajeno nos empobrece y nos hacer vivir en una esclavitud que nada tiene que ver con la libertad de Dios. Nuestro único juez es Dios, y a Él ha de ir toda la gloria y alabanza. Considerarnos necios, en el lenguaje evangélico, es reconocer nuestras limitaciones y nuestra debilidad. Es abandonarnos, en definitiva, en manos de ese Padre providente, que sabe lo que necesitamos, insertándonos en ese gran caudal que es la gracia divina para que nuestras acciones, nuestras palabras y nuestros pensamientos se adecuen al plan de Dios. ¡Qué mayor libertad que la de buscar la voluntad de Dios! Nunca nos equivocaremos.

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

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