“Señor, si se ha dormido, se curará” (Jn 11,12)

Jesús va a realizar uno de sus más grandes milagros resucitando a Lázaro. El Señor avisa a sus discípulos de que van a ser testigos de la gloria de Dios, porque la enfermedad de su amigo no es de muerte, sino de vida. En el relato, llama la atención que, cuando Jesús dice que Lázaro no está muerto sino dormido, los apóstoles contestan convencidos: “Entonces, se curará”.

Nunca está de más considerar que la importancia del descanso es fundamental para la vida apostólica. Además del cansancio físico, hay que considerar también ese desgaste psicológico, y hasta cansancio espiritual, que conlleva la dedicación a los demás y los afanes por cuidar la salud espiritual de tantas almas. No es suficiente sólo cuidar la rectitud de intención para vivir en manos de Dios. No podemos ser irresponsables, olvidando nuestra pobre condición humana que, nos guste o no, necesita del descanso y de las horas necesarias para dormir. Cuesta, a veces, saber descansar a tiempo, pero, entonces, el rendimiento se ve recompensado con mayores frutos o, al menos, con la suficiente capacidad para renovar nuestra entrega en medio de las innumerables dificultades.

Hay muchos que se quejan de que no pueden más, que están agotados, que han llegado al límite de sus fuerzas. Pero, curiosamente, a veces son los mismos que te dicen que no tienen tiempo para descansar o dormir, pues les apremia el trabajo. Al final, lo único importante es recordar, ante la impotencia de nuestra actividad (que no significa no haber puesto los medios necesarios), aquello de Jesús a san Pablo en momentos de tribulación: “Te basta mi gracia”. Pero, has de saber descansar a tiempo, has de respetar tu descanso como algo sagrado y querido por Dios. ¡Hay muchos que necesitan tu entrega alegre, serena y confiada!

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