Vivir la prudencia

Es muy importante saber cómo ponemos en orden nuestro juicio y nuestra voluntad al tomar decisiones. Jesús habla de vivir la astucia, a la manera de los hijos de las tinieblas, sin descuidar la mansedumbre, a ejemplo de las palomas. Lo cual no significa más que poner en juego todas nuestras facultades en orden al fin último: la voluntad del Padre. Los dones que hemos recibido son para dar gloria a Dios y servir a los demás, empezando por aquellos que tenemos a nuestro cuidado. Hay que poner los medios necesarios, sabiendo que el esfuerzo diario, el sacrificio personal y la entrega generosa de uno mismo, son los cauces que, incluso apelando a una legítima justicia, han de ejercitarse cara al mundo.

No podemos actuar ante los demás con una ingenuidad simplista e irresponsable. Si algo tenía claro Jesús era poner a cada uno en el sitio que le correspondía. La astucia del Evangelio se refiere también a ese no dejarse avasallar por la prepotencia de otros, cuando está en riesgo la salvación del alma, y saber ponernos en el lugar justo, para vivir con responsabilidad nuestra misión de hijos de Dios. Y pon la otra mejilla cuando se trate de la justicia por el Reino de los Cielos, es decir, cuando hayas de renunciar a tu orgullo o soberbia por ganar almas para Dios. Por tanto, en el orden humano, sin perder nunca nuestra unidad de vida (que es también ejercitarse en la prudencia), hemos de emplear todo lo necesario para realizar el auténtico bien común.

Vivir la virtud de la prudencia es armonizar el entendimiento (que me capacita para distinguir el bien y el mal) con la voluntad (poner por obra el mayor bien posible). Y esto, en los pequeños detalles del día a día, en los que he de cuidar mi rectitud de intención, si quiero actuar con la prudencia de los hijos de Dios.

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