Las contradicciones de cada día

Solemos vivir más allá de cualquier previsión y organizamos nuestro día a día sin prever acontecimientos extraordinarios. Pero, no podemos estar siempre con el «cuento de la lechera», calculando en qué momento se va a caer el cántaro haciéndose añicos. Esas contradicciones, ajenas a nuestra voluntad, pueden ocasionarnos la pérdida de la paz interior, un cambio brusco de estado de ánimo, o un desasosiego inesperado.

Cuántos imprevistos y absurdos llenaron también la vida del Señor. Los ataques de los fariseos, el cansancio, la ineptitud de sus discípulos, las quejas de los que se acercaban a Él… Su condición humana, tan perfecta como la divina, no le eximía de esas situaciones no previstas, perpetradas sobre la marcha. Pero, el Señor respondía siempre con serenidad y comprensión. Si bien, cuando las circunstancias ponían en juego el amor del Padre y tocaban la verdad íntima de las cosas, el Señor no dudó en reprimir directamente y sin tapujos a los que no respetaban el Templo como casa de su Padre. Pero, no nos consta de Él ni una sola queja en lo que se refiere a cuestiones que afectan a su propia persona: un largo camino agotador, cambios de tiempo, hambre o sed… Si hacemos un examen sincero de cómo nos influyen a nosotros esos imprevistos de cada día, vemos que nos afectan mucho más de lo que pensamos. Cuántas pequeñas cosas nos alteran el humor y nos hacen tomar decisiones sobre la marcha, de las que podemos arrepentirnos después.

Todo eso puedes ofrecerlo a Dios. Además de robustecer tu carácter y adquirir madurez humana, esos ofrecimientos te unen a los sufrimientos de Cristo y completas en tu vida eso que falta aún a su Pasión: la correspondencia de tu vida.

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

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