“¿Creéis que puedo hacer eso?” (Mt 9,28)

Esta pregunta la formula Jesús a unos ciegos que le piden ser curados. Cristo les exige una confirmación de su petición, para enseñarles que sólo fiándose de Él es posible el milagro. ¡Sólo Él! Sin embargo, nuestra vida discurre envuelta en una maraña de divinidad y de humanidad. Ni somos espíritus puros, ni sólo nuestro cuerpo material puede dar respuesta a toda inquietud. Tampoco se trata de vivir una especie de esquizofrénico dualismo de vida, sino que nuestro ser ha de quedar traspasado por la única realidad que nos salva: nuestra fe en Cristo. Desde ahí, obtendremos esa unidad de vida necesaria en nuestro caminar diario. Vivir la presencia de Dios en nuestra vida significa creer que todo entra en los planes de Dios. Como el niño pequeño, que sabe con certeza que obtendrá de su padre lo que le pide. Después, vendrá la conveniencia o no de lo que pedimos, pues sólo Él sabe de nuestras auténticas carencias.

Ahora bien, ¿quién puede juzgar la bondad o maldad de lo que nos ocurre? ¿Quién tiene todos los datos? Por muy equilibrados que sean nuestros juicios, no alcanzamos a valorar la trascendencia que pueden tener nuestros actos en los demás. Cristo no mentía cuando dijo que todo lo que pidiéramos al Padre en su nombre lo obtendríamos. Él nunca nos deja, ya que en cada oración nuestra siempre interviene su juicio definitivo. Pero no olvides que, todo aquello que obtengas de Dios, no será según tus méritos, sino conforme a la misericordia infinita de Dios. “Hágase en vosotros según vuestra fe”, dirá Jesús a los ciegos, y te dice a ti y a mi. Tu fe es la medida de tu correspondencia al amor de Dios. Confiar, confiar siempre. Y en ese fiarnos de Dios, no habrá ya nada que pueda perturbar nuestro corazón, pues cualquier cosa que hayamos pedido habrá llegado a su realización plena: “Todo se ha cumplido”.

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

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