Archivos para agosto 2018

Y tú, ¿qué eliges?

El ejercicio de nuestra libertad nos lleva a considerar las cosas que son importantes para nuestra vida y a tomar decisiones. Elegimos lo que más nos conviene, lo que nos hace madurar y lo que puede ayudar a otros a su crecimiento personal. Sin embargo, esas decisiones, que han de darse cotidianamente, están subordinadas a una elección mayor: mi entrega a Dios, en la que debo estar dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias.

Cuando sólo nos quedamos en elegir lo caduco y lo accidental, sin darle un horizonte trascendente, el corazón se agosta y se cansa. Tener la voluntad fija en cosas limitadas, por muy importantes que parezcan a los ojos de los hombres, no da una felicidad plena. Por tanto, incluso a las cosas aparentemente insignificantes, hemos de darles su proyección de altura, han de estar asumidas en ese otro orden en donde también ponemos a Dios como testigo. No es que lo pequeño carezca de importancia, sino que elegimos «eso» (lo que en lo cotidiano podría suponer monotonía), porque es donde más libre soy, es decir, donde dejo sitio a Dios y procuro que se manifieste su gloria. ¿No recordamos que fue precisamente en ese anonadamiento de su Encarnación, Dios hecho hombre, donde descubrimos la mayor grandeza de la divinidad?

A la hora de elegir, por tanto, no se trata de buscar mi gloria o mi comodidad personal, pues lo que recibiré a cambio será la soledad de mi vanidad o de mi egoísmo, que es el mayor fracaso de la libertad. En cada elección personal he de discernir que cualquier acción que realice ha de conformarse con esa voluntad divina en mi vida, que es la única capaz de hacerme libre, pues se identificará plenamente con la infinita libertad de Dios. ¿Puedo acaso elegir algo mejor y mayor?

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El pastor asalariado

No hay labor de pastoreo que no implique dar la vida por el rebaño. El verdadero pastor es aquel que hace del pastoreo y de sus rebaños el centro de cada jornada y de la vida entera. Los asalariados no son pastores; se pastorean a sí mismos y hasta consiguen poner a las ovejas a su propio servicio. Son aquellos que sirven sólo puntualmente y a cambio de algún tipo de salario, para lo que han de acomodar y supeditar, en su conducta e ideas, su criterio propio al criterio del pagador.

Todos tenemos encomendadas labores de pastoreo espiritual allí donde transcurre nuestra vida ordinaria y con aquellos con los que nos topamos en el día a día. Pero nos hemos inventado el perfil del pastor asalariado, intentando ajustar a ese mediocre patrón el alto ideal de Cristo, Buen Pastor. Hay pastores que dicen que entregan su vida al rebaño, pero la entregan, como asalariados, al servicio de sí mismos. Aunque ven al lobo haciendo presa en sus ovejas, prefieren solucionar el problema desde el sillón de su comodidad, no sin antes haber recomendado a todos que tengan cuidado con los lobos. Hay muchos católicos asalariados y temporeros, que se entregan a Dios sólo puntualmente, o sirven al Evangelio con un contrato por horas, más pendientes de recibir algún tipo de salario que de entregar la propia vida. También el Evangelio está lleno de personajes que siguieron al Maestro sólo puntualmente, de lejos, o por alcanzar de Él la recompensa y el salario de una curación. Pero, ese cristianismo de montón no sabe de ovejas y, menos, de entregar la vida por ellas. El Buen Pastor y la verdadera puerta del redil la contemplamos en la Cruz. Pero ni tú ni yo entraremos por esa puerta mientras nos empeñemos en vivir un cristianismo temporero, que poco sabe de entregas verdaderas.

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El candelero y el celemín

Los cristianos estamos llamados a alumbrar con la luz de Cristo esos rincones del alma, de la Iglesia y del mundo en donde anida aún la oscuridad tenebrosa y ciega de tanto pecado. Sin embargo, no todas las luces alumbran por igual. Algunas sólo adornan, porque parece que relegan su fe y su cristianismo al saco de las actividades de ocio y tiempo libre. Otras, incluso molestan a los ojos porque, en nombre del Dios cristiano, se permiten arrancar las páginas, escenas y frases del Evangelio que más molestan o que no responden al patrón de lo política y eclesialmente correcto. Otras luces llegan a ser espectaculares fuegos artificiales, que alumbran unos momentos con un cierto liderazgo y, al poco, se apagan tan rápidamente como se encendieron. Hay también luces que se contentan con alumbrar ese pequeño rincón y reino, surgido al aire de un piadoso y desviado capillismo, que hace del propio grupo o movimiento el centro de todo el sistema solar. Hay, además, cristianos que viven escondidos debajo del celemín de sus propios complejos, ideologías, medianías, autosuficiencias, excusas y comodidades, y que reducen la luz de Cristo a un mero resplandor tenue que crea un ambiente agradable y confortable, propicio al relax. Otros hacen del candelero su ideal de vida, y convierten el cristianismo o la propia vocación en un medio de subsistencia con el que logran ser un pequeño «alguien» en ese pequeño mundo en que consiguen hacer carrera o ser reconocidos con cargos y prestigio.

Es difícil esconder la luz, porque el resplandor acaba filtrándose por las rendijas del celemín. Es también difícil iluminar la oscuridad desde un candelero en donde brilla la luz propia y no la de Dios. Mira, pues, que la luz que haya en ti no sea tu propia oscuridad, porque allí donde hay oscuridad no está Dios.

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“Le rogaron que se alejara de ellos” (Lc 8,37)

Los habitantes de la aldea de Gerasa conocían bien a aquel endemoniado, que vivía en los sepulcros y se mostraba desnudo ante la gente. Más de una vez habían tenido que atarle con grillos y cadenas, pues se manifestaba en él con gran virulencia el poder del demonio. El nombre de los demonios era “Legión”, porque eran muchos los que habían entrado en aquel hombre. Jesús liberó a aquel endemoniado del poder del mal, enviando a los demonios a una piara de cerdos. Los porqueros contaron con tanto asombro y temor lo que habían visto, que toda la aldea fue a pedirle a Jesús que se alejara de allí. Aquellos gerasenos no temían el poder del Señor, que se les había manifestado de forma grandiosa y espectacular. Temían, más bien, que aquel hombre les desinstalara de su vida acomodada. Estaban acostumbrados a convivir pacíficamente con el mal, habían aceptado que el poder de los demonios rigiera su aldea y su vida. Se encontraban así más o menos tranquilos. No querían que nadie viniese de fuera a romper aquella paz fría y aparente.

Es más cómodo vivir un cristianismo a la carta, de costumbre. Es más fácil vivir apoyados en una fe, que no necesita de la gracia para transformar ese corazón, que prefiere vivir como siempre, sin complicarse la vida. Pactamos indefinidamente con viejas actitudes y defectos que han anidado en el corazón desde hace tiempo, nos conformamos con ese rescoldo de fe que no crece con los años, preferimos la comodidad de una tibieza que no da problemas, antes que vivir en la tensión espiritual de crecer en el amor a Dios y en la propia conversión. Y, aunque recemos, o no hayamos perdido la fe de la infancia, podemos ser cristianos gerasenos, que prefieren convivir con su propio pecado y mediocridad, antes que dejar que el Señor entre de verdad a transformar nuestra vida.

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Los trastos del alma

A veces, nuestra oración se parece a un armario lleno de trastos desordenados. Se nos agolpan en la cabeza todas las preocupaciones del día, repasamos las tareas que tenemos pendientes, las idas y venidas de la jornada, nos pueden las distracciones y el cansancio. Cuando nos quedamos quietos y en silencio es, quizá, cuando más resuena en nuestro interior el eco de ese ruido y alboroto, que nos ha dominado durante los trajines del día. Y, cuando nos damos cuenta, nos vence el desánimo porque, un día más, hemos llenado la oración de nuestras cosas, pero no de Dios. Es el momento de aceptar esa oración, tan llena de mundo que, a veces, es la única que podemos hacer. No pretendas que reine el silencio en tu interior, si a lo largo del día no has buscado momentos en los que elevar el corazón a Dios, ofreciéndole tu actividad, tu gratitud, tu amor, tu confianza, tus caídas o fracasos.

Hay que parar el alma y devolverle ese sosiego interior, que necesita para no dejarse arrastrar y arrebatar por las ambiciones y activismos, que nos dominan durante el día. Tu alma ha de ser, más que un armario trastero, un cofre precioso donde guardes con exquisitez esa presencia divina que siempre te acompaña dentro, aunque tú estés vertido hacia fuera. Tu conversación, tu trato, tu mirada, tus actitudes, tu saber estar, todo en ti sería mucho más parecido al ser de Cristo, si cuidaras esa presencia dulce y suave de Dios en tu alma. Así, a lo largo del día, irás preparando el clima de intimidad que, después en tu tiempo de oración ante el Sagrario, tanto te dispone para hablar con Dios y escucharle en tu interior. No escatimes esfuerzos para poner el corazón, una y otra vez, en Dios, en quien debe estar tu único tesoro.

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“Ha escogido Dios lo necio del mundo” (1 Co 1,27)

Cuando recibimos el reconocimiento de los demás por lo que hacemos nos sentimos satisfechos y hasta pensamos que es algo justo y debido por el bien que hemos hecho. Decía alguien que el gran negocio del siglo sería vendernos por lo que pensamos que valemos y comprarnos por lo que realmente valemos. El convencimiento de lo poco que tenemos, si no fuera porque lo hemos recibido de Dios, no es un supuesto para amedrentarnos, sino la certeza de que somos criaturas, no autosuficientes, y de que sin Dios, nada seríamos. San Pablo nos dice que “ha escogido Dios lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte”. El reconocimiento de que sin Dios todo es fatuo, nos pone en el sitio que nos corresponde, ya que sin los aplausos de los hombres uno podría pensar que ha caído en el fracaso. Sin embargo, nada más erróneo. Porque, después de actuar con una verdadera rectitud de intención, es decir, de realizar nuestras obras cara a Dios, puede suceder que seamos criticados o perseguidos por el mundo. Esa falta de adecuación con el pensar de los hombres, ¿supondría que estamos haciendo las cosas mal?

Depender del juicio ajeno nos empobrece y nos hacer vivir en una esclavitud que nada tiene que ver con la libertad de Dios. Nuestro único juez es Dios, y a Él ha de ir toda la gloria y alabanza. Considerarnos necios, en el lenguaje evangélico, es reconocer nuestras limitaciones y nuestra debilidad. Es abandonarnos, en definitiva, en manos de ese Padre providente, que sabe lo que necesitamos, insertándonos en ese gran caudal que es la gracia divina para que nuestras acciones, nuestras palabras y nuestros pensamientos se adecuen al plan de Dios. ¡Qué mayor libertad que la de buscar la voluntad de Dios! Nunca nos equivocaremos.

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“Hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (Ef 1,5)

Si algo caracteriza a un bautizado es su condición de hijo de Dios. San Pablo habla de hijos de adopción, pues somos hijos en el Hijo. Jesucristo, Verbo de la Santísima Trinidad, ha restaurado con creces para cada uno de nosotros lo que, por culpa del pecado original, perdimos en esa situación primigenia, en la que Dios nos creó a su imagen y semejanza.

La filiación divina es esa elevación al orden sobrenatural que, sin perder nuestra condición humana, nos inserta en la comunión con la divinidad, para que cualquier acción que realicemos, en medio de nuestras tareas cotidianas, tenga un alcance salvífico. De esta manera, la adopción divina no es algo accidental, sino que penetra todos los ámbitos de la persona, haciendo que su vocación, esa llamada peculiarísima y personal que nos hace Dios, sea permanente y sacramental. Permanente, porque, gracias al bautismo, Dios nos da ese «sello» de garantía sobrenatural, que será imborrable incluso en la eternidad. Sacramental, porque es cauce y signo para alcanzar cualquier gracia sobrenatural, sobre todo capacitándonos para ser testigos de Dios en Cristo Jesús ante el mundo.

¡Cuánto orgullo de ser hijos de Dios! No para dejarnos llevar por la vanidad o la vanagloria, sino para seguir participando, día a día, de esos requerimientos personales y concretos con los que Dios nos invita a reconocerle como Padre bueno. De esta manera, llegamos a transformar lo más cotidiano en verdaderas acciones de gracias por tanto bien recibido.

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“Le llevaron un endemoniado mudo” (Mt 9,32)

La Palabra de Dios, que en el principio del Génesis liberó la creación del dominio de la nada y de la no existencia, liberó al endemoniado de aquella mudez que le reducía a la nada del silencio. Nuestros silencios, a veces, están cargados de un mutismo egoísta y autosuficiente, que nos hace esconder en lo más secreto de la conciencia todo aquello que nos hace vernos en la propia realidad de nuestro pecado. Nos cuesta, o nos humilla, contar a otros nuestros problemas, agobios, necesidades, por miedo a que los demás rechacen nuestra pobreza y limitación. Cuántas tentaciones, angustias, inquietudes, tristezas, desaparecen, o pierden valor, cuando las desahogamos en alguien que nos ayuda a verlas desde Dios. El demonio mudo siempre te presentará como algo bueno no contar a nadie todo aquello que te aparta de Dios.

No rehúyas el esfuerzo de ser sincero en la dirección espiritual. No tengas miedo a contar todo lo que te cuesta reconocer o no te gusta, cuando se trata de acercar tu alma a Dios. Los silencios que nacen de la soberbia o autosuficiencia te aíslan y encierran en la cárcel de tu propio yo. Los silencios que no están llenos de Dios, terminan por llenarse de uno mismo.

Cuánta lástima debió causar en el corazón de Cristo aquel pobre endemoniado que, teniendo delante la Palabra misma del Padre, era incapaz de dialogar con ella. Cuida tus silencios y procura llenarlos de Espíritu Santo, que es el habla de Dios en tu alma. Cuida también tu habla y tus palabras, pues mucho de ti mismo y de tu vida interior vuelcas en cada una de ellas. Valora el silencio, no para aislarte de los demás, ni siquiera para huir del ruido de las cosas, sino ocasión y medio para llenarte de Dios, no sea que, teniendo delante de ti a Cristo, no le escuches y no le hables.

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“Señor, si se ha dormido, se curará” (Jn 11,12)

Jesús va a realizar uno de sus más grandes milagros resucitando a Lázaro. El Señor avisa a sus discípulos de que van a ser testigos de la gloria de Dios, porque la enfermedad de su amigo no es de muerte, sino de vida. En el relato, llama la atención que, cuando Jesús dice que Lázaro no está muerto sino dormido, los apóstoles contestan convencidos: “Entonces, se curará”.

Nunca está de más considerar que la importancia del descanso es fundamental para la vida apostólica. Además del cansancio físico, hay que considerar también ese desgaste psicológico, y hasta cansancio espiritual, que conlleva la dedicación a los demás y los afanes por cuidar la salud espiritual de tantas almas. No es suficiente sólo cuidar la rectitud de intención para vivir en manos de Dios. No podemos ser irresponsables, olvidando nuestra pobre condición humana que, nos guste o no, necesita del descanso y de las horas necesarias para dormir. Cuesta, a veces, saber descansar a tiempo, pero, entonces, el rendimiento se ve recompensado con mayores frutos o, al menos, con la suficiente capacidad para renovar nuestra entrega en medio de las innumerables dificultades.

Hay muchos que se quejan de que no pueden más, que están agotados, que han llegado al límite de sus fuerzas. Pero, curiosamente, a veces son los mismos que te dicen que no tienen tiempo para descansar o dormir, pues les apremia el trabajo. Al final, lo único importante es recordar, ante la impotencia de nuestra actividad (que no significa no haber puesto los medios necesarios), aquello de Jesús a san Pablo en momentos de tribulación: “Te basta mi gracia”. Pero, has de saber descansar a tiempo, has de respetar tu descanso como algo sagrado y querido por Dios. ¡Hay muchos que necesitan tu entrega alegre, serena y confiada!

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“Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran” (Rm 12,15)

Compartir el sufrimiento con los demás es algo propiamente cristiano. El desinterés egoísta con el que normalmente «vamos a lo nuestro» resulta algo común en la sociedad actual. Estamos acostumbrados a exigir comportamientos de otros, pero nos cuesta mucho darnos con gratuidad a los demás. Descubrir que hay gente que sufre a nuestro alrededor nos puede parecer, en ocasiones, una pérdida de tiempo, pues siempre tenemos otras cosas y asuntos más importantes o urgentes que hacer. Se trata, en definitiva, de «ir a lo práctico» y aprovechar al máximo el propio tiempo.

Jesús, sin embargo, puso en práctica algo que llamó la atención de sus contemporáneos: la compasión. Pero no con un compadecerse lejano o abstracto, sino que su compasión, fruto de la misericordia, llegaba a adentrarse en el corazón mismo de aquel que sufría para elevarlo, así, hasta Dios. Cristo murió en la Cruz porque Dios se compadecía de nuestros pecados, origen de cualquier sufrimiento, dándonos a entender que sólo Él podía curar semejante enfermedad del alma.

Un hijo de Dios, tú y yo, participa de esa muerte redentora de Jesús. Por eso, ante el sufrimiento de otros, nuestro corazón se une a ellos con la misma piedad de Cristo, para hacer vida la bienaventuranza del Evangelio: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. Serán dichosos aquellos que soportan el agobio en su vida, porque otros, tú y yo, les acompañaremos en su sufrimiento. Más que realizar una obra de misericordia, se trata de vivir identificados con los mismos sentimientos de Cristo Jesús que, desde la Cruz, intercedió al Padre de Dios para que todos fuéramos perdonados. ¿No es esto motivo para alegrarnos con los que se alegran y llorar con los que lloran?

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