Santiago el Mayor, el apóstol que bebió el cáliz del Señor

Desanimado debió encontrarse el Apóstol Santiago en la ribera del Ebro cuando empezó su evangelización. Según la tradición, llegado de tierras tarraconenses, anunció a Jesucristo a un grupo de lugareños, rudos y de difícil trato, en la zona de Cesaraugusta, la actual Zaragoza. Dejándose llevar del desánimo, quiso abandonar ese lugar y fue entonces cuando la Virgen se le apareció en carne mortal para animarle a seguir anunciando el Evangelio.

Es consolador y tremendamente eficaz el papel de la Virgen junto a los apóstoles de su Hijo. Con su oración, su mediación y su ánimo, empapó de gracias a aquellos que, en nombre de Jesucristo, dieron la vida por ser testigos de la Verdad. Santiago el Mayor, hermano de Juan, llamados «hijos del Trueno», llevaron hasta su fiel cumplimiento esa promesa que hicieron a Jesús: “Seremos capaces de beber el cáliz que tú has de beber”. De hecho, al volver de Hispania, Santiago fue inmediatamente ajusticiado en Jerusalén.

Santiago el Mayor llevó la fe de Cristo hasta lo que entonces era el fin del mundo, Finisterre, la actual Galicia. Y esa misma tradición nos dice que, una vez decapitado en Jerusalén, sus discípulos devolvieron su cuerpo a ese último lugar de la tierra que evangelizó, Compostela (“Campo de Estrellas”), donde reposan ahora sus restos. Es el premio de los que aman el deseo de anunciar a Dios, tal y como pidió Cristo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”. Pedimos al Apóstol, patrono de España, que vivamos también con generosidad, sin miedos y sin respetos humanos, nuestro apostolado, allí donde nos toca estar: nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos… Dios siempre bendice al “siervo bueno y fiel”, y nos conducirá a su gloria para siempre.

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