María Magdalena, conocedora del perdón y del amor de Dios

Pocos personajes hay en el Evangelio que hayan tenido una experiencia del Señor misericordioso como esta mujer. Su corazón, tan apasionado como insatisfecho, fue tocado por aquel otro corazón de Dios, que conocía bien la delicadeza y finura de alma de aquella mujer pecadora. En la ciudad de Magdala se chismorreaba a gusto sobre sus andanzas de pecado, con la complicidad de quien justifica en la miseria ajena la propia mediocridad de vida. Y, mientras los demás vecinos prefirieron vivir satisfechos en la miseria e insatisfacción de su tibieza, aquella mujer fue elevada a la cumbre de una intimidad con el Señor, que sólo un corazón tan sediento de amor como el suyo era capaz de alcanzar.

No te acomodes en esa falsa insatisfacción de tantos cristianos que reducen el Evangelio a ser buenas personas, a cumplir con ciertas prácticas religiosas, a ser educados y cumplidores en el bien, al apostolado por horas o por momentos. Cuánto fariseísmo en muchas de tus actitudes, cuantos criterios que se asemejan más a los del mundo que a los del Evangelio, cuántas excusas y justificaciones para no reformar tu mal carácter o no esforzarte más en el bien, cuántos pecados de omisión que han hecho que otros se aparten más de Dios o se hundan más en su propia miseria espiritual. Muchos de aquellos vecinos de Magdala eran buenos y fieles cumplidores de sus prácticas religiosas judías y, sin embargo, nunca se habían movido a compasión hacia aquella mujer. Si quieres amar a Dios de verdad, conoce primero cuánto te ha perdonado y cuánto te ha amado Él primero. Porque, el amor más tierno y entrañable nace del perdón. Y el perdón más sincero nace sólo allí donde hay mucho conocimiento de nuestra nada y miseria frente a la grandeza de Dios.

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