Espíritu Santo, que nos consuelas con el don de piedad

“Pablo, siervo de Dios, apóstol de Jesucristo para llevar a los escogidos de Dios a la fe y al pleno conocimiento de la verdad que es conforme a la piedad” (Tt 1,1). El voluntarismo es una actitud propia de personas inmaduras e inseguras que, a fuerza de imponerse una disciplina rígida o unas metas desproporcionadas, niegan lo positivo que hay en el acto libre. Pero, también el racionalismo termina negando la verdad, porque pretende reducir la realidad a lo que abarca la sola especulación humana, dejando atrás la trascendencia. La Escritura, en cambio, apela continuamente a la piedad y a la misericordia de Dios, porque reconoce la debilidad humana y afirma que sólo Dios puede crear un corazón puro en el hombre. El don de Piedad incide directamente en el corazón, suscitando en él una actitud de verdadero hijo creyente, que no nace del voluntarismo sino del amor. A través de él, el Espíritu Santo  suscita en nosotro el atractivo que nos empuja al servicio diligente a Dios. Lo contrario, la dureza de corazón, nace de un desordenado amor a nosotros mismos, a nuestras cosas y persona, que nos hace indiferentes e insensibles con todo aquello que no nos importa, es decir, con los demás y con Dios. 

“Grande es el Misterio de la piedad: Él ha sido manifestado en la carne” (1 Tm 3,16). Cristo es la encarnación de la piedad de Dios. Pero esa teofanía se ha realizado en la carne, es decir, en aquello que aparentemente es lo más débil, para que esa pobreza de la carne sea también alcanzada por la compasión de Dios. Si hay algo que se opone verdaderamente a la bondad de Dios es el miedo, que es entrar en un laberinto de resenticimiento y de turbación, empañado por la desconfianza y el engaño. Nada puede temer el hijo que vive abandonado en el amor del Padre.

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