Del deseo de ambicionar puestos y cargos mayores, líbrame Jesús

La competencia profesional, los cargos y puestos de responsabilidad en el ámbito civil o eclesial, pueden ser un arma de doble filo. Puestos al servicio del Evangelio y de Dios, dan mayor eficacia al apostolado y ayudan a producir buenos frutos en el campo de las almas. Sin embargo, puestos al servicio del propio interés, se convierten en agua sucia que estropea y esteriliza la vida de los mejores campos. Nadie está libre de la tentación de poder. Nos agarramos a los cargos, puestos u oficios, aunque sean pequeños, con la avaricia y la ambición de quien se agarra a sus vestidos para cubrir la propia desnudez. Y, cuando esa ambición se adorna y se camufla con el servicio en nombre de Dios, cuando la tentación de poder lleva a subir y trepar hacia lo más alto de la escala de las dignidades humanas, ese mismo servicio a Dios se convierte en una profunda fuente de insatisfacción y frustración personal, que no hace feliz a nadie y apenas deja huella de Dios en las almas.

Hace falta mucho desprendimiento de uno mismo para ocuparse con libertad de las cosas de Dios, sin hacer de ellas un instrumento al servicio del propio «yo». Hace falta mucha contemplación de la Cruz, para sacudirse ese polvo de honra humana que constantemente se nos pega en los zapatos. No pienses que la lógica del poder y los parámetros de la eficacia humana explican la encarnación del Verbo o el misterio de la Cruz. El poder de Dios está, precisamente, en la fuerza de la debilidad, en lo que no cuenta a los ojos del mundo. Pero, no experimentarás en ti esa fuerza de Dios mientras sigas dejándote deslumbrar por los avalorios y espejismos que te ofrece el poder del mundo y la honra de los hombres. No hay mayor poder en este mundo que el de la Cruz. Y, mientras no te lo creas, seguirás esclavo de la falsa eficacia humana.

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