Corazón callado de Jesús, ruega por nosotros

Jesús, acusado ante el Sanedrín, sólo respondió con el silencio. Presentado ante Herodes, burlado y despreciado por su guardia, Jesús volvió a callar. Antes, había entrado triunfante en Jerusalén, y ante la aclamación exaltada de la muchedumbre también el Señor calló. Aquel que era la Palabra del Padre y que descansaba entre la gente contándoles las parábolas del Reino, también sabía hablar con el silencio.

El silencio es una delicada expresión de acogida interior. Si el lenguaje auténtico es el que nace del amor, también el amor se mide con el silencio. Amor de silencio es el lenguaje de Cristo en tantos sagrarios solitarios. Amor de silencio es el Espíritu Santo actuando ocultamente en las almas. Amor de silencio y de acogida fue María en la Encarnación del Verbo. Amor de silencio habló el Verbo oculto en el seno virginal de María. Amor de silencio fue el de Cristo sepultado, esperando oculto en el seno de la tierra. Amor de silencio es también el que se esconde detrás de tanto pecado de los hombres.

¡Cuántos silencios hablan de sosiego y delicadeza en el amor! ¡Cuántas palabras ociosas y vacías, que no dicen nada, por las que se nos desparrama ese poco de vida interior que nos quedaba! ¡Cuánto ruido interior hace a veces ese «yo» que reclama a gritos sus pretendidos derechos y su ilegítimo señorío! Has de aprender a callar, si quieres aprender a ser otro Cristo. Has de hacer silencio en el alma, si quieres que resuene en ti el Espíritu, la voz del Padre.

Sólo en el silencio de tu alma aprenderás a oír esos silencios de Cristo, en los que tanto nos habla su Corazón enamorado. Jesús, Dios callado y silencioso, que buscas el silencio de mi alma para hablarme allí toda tu intimidad. Enseñame esas hablas divinas, que tanto gustan a quien las llega a alcanzar.

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