Corazón filial de Jesús, ruega por nosotros

¡Cuántas noches pasaba Jesús orando con su Padre! Cuánto amor, cuánta confianza, cuánto abandono vivió aquel corazón de hombre y de Dios cada vez que oraba, en la intimidad del Espíritu Santo, al Padre. Y en la Cruz, ante el aparente silencio del Padre ausente, ¡vivió hasta el extremo el amor de abandono! “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños” (Lc 10,21). Tengo que aprender a vivir con corazón de hijo, a tratar con delicada intimidad a este Dios, que en cada instante de mi existencia espera siempre la vuelta del hijo pródigo. Y en mi cruz de cada día, en mis oscuridades, confiar, confiar siempre en la mano providente de Dios, que acaricia en mí a su Hijo predilecto.

Todos tenemos mucho de hijo pródigo y de hijo mayor. Quizá es nuestra fe mediocre y cumplidora, nuestro cristianismo hipócrita y ramplón, lo que hace que muchos hermanos nuestros abandonen como pródigos la casa del Padre. Cuánto tiempo pasamos en las cosas de Dios, viviendo en la misma casa con Él y no conocemos, quizá, nada de ese corazón de Padre en el que todos somos hijos. También los sirvientes vivían en aquella misma casa y, sin embargo, no servían a un Padre sino a un amo. Tú no has sido llamado a vivir en el temor sino a crecer, como hijo, en el amor. No está hecho tu corazón para vivir fuera de este hogar en el que naciste, que es el seno y la casa del Padre. Vive como hijo, reza como hijo, y podrás reconocer ese mismo aire de familia en tus hermanos, los hombres. En aquel Corazón filial de Cristo, que sostuvo su entrega al Padre en la Cruz, has de aprender a amar a Dios como hijo en cada una de tus cruces y entregas.

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