“Comerse el coco”

El afán de dar vueltas sobre uno mismo, o sobre un asunto que, en la mayoría de las ocasiones, no significa algo esencial para nuestras vidas, es una forma clara de egoísmo, de querer ser el centro de las cosas, de llamar la atención, de narcisismo. Necesitamos que otros reconozcan lo que hacemos, reclamando cariños y afectos que motiven nuestro actuar. Además de ser un claro síntoma de inmadurez, puede llegar a convertirse en una especie de obsesión que nos hace vivir con inquietud y agobio.

Jesús, en los Evangelios, siempre actúa con sencillez. No soluciona problemas personales que pertenecen al terreno de situaciones circunstanciales y transitorias, sino que va al corazón del ser humano para que tome una decisión radical y, desde ahí, ilumine todos los ámbitos de su existencia. Cuando, por ejemplo, nos habla de las Bienaventuranzas, está resolviendo, de una manera definitiva cualquier aspiración humana. Ser limpio de corazón, ser perseguido por los “justos”, llorar ante la impotencia por las cosas del mundo, vivir la pobreza de espíritu… Todo esto forma parte de ese gran signo del cristianismo que es la contradicción, es decir, la Cruz.

Dejar de “comerse el coco” es aceptar las propias limitaciones, e iniciar el gran camino del seguimiento de Cristo… Sí, ¡claro que hay resurrección!, pero antes hay que aprender a “descansar” en el Gólgota, junto al Señor. Sólo así seremos capaces de darnos a los demás, y olvidarnos un poco de nosotros mismos.

NOVEDAD EDITORIAL: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es


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