“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32)

Algunos trastocan esta sentencia del Señor y aseguran que la libertad nos hará verdaderos. Sin embargo, el contexto evangélico es claro. Jesús habla de la necesidad, por parte de aquellos que le escuchamos, de mantenernos en su Palabra y, de esta manera, ser discípulos suyos. Él mismo se declaró “Camino, Verdad y Vida”. Luego, sólo cuando nuestra voluntad está unida a la Suya alcanzaremos esa libertad genuina. Se trata de permanecer fuera de toda esclavitud, mentira o engaño, que exige voluntarismos que acaban en la nada, fuera del camino de la auténtica felicidad, o el sinsentido, la vaciedad de la vida.

Aquellos que pregonan una libertad voluntarista para alcanzar la verdad, no tienen rumbo ni certezas. No saben dónde dirigir sus deseos y ambiciones, pululando de flor en flor, hasta que, marchitos por el dolor y el sufrimiento de la frustración, acaban en la indiferencia, o en la desesperación. ¿Puede una ideología calmar la sed del corazón del hombre? ¿Puede un interés partidista, a costa de enfrentamientos y discordias, darnos la paz y la serenidad de ánimo? Aquellos que pregonan la solidaridad humana, o la justicia universal, pero argumentan que Dios es enemigo del hombre, están labrando la destrucción del ser humano (lo estamos viendo todos los días). Aquí no existe el término medio. 

Conocer la verdad es seguir a una persona, Jesucristo. Y sólo en ese conocimiento alcanzaremos la libertad. Los hombres sólo te ofrecerán felicidades caducas. Dios te anima a alcanzar la felicidad eterna… ¡Para siempre!

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