“Y descansó Dios en el día séptimo” (Gn 2,2)

A una visión secularizada del trabajo se corresponde una idea también secularizada del descanso. Eso que la cultura de moda llama ocio y tiempo libre, y que no es más que la cesación de la actividad laboral, puede entrañar una concepción demasiado egocéntrica del descanso, entendido como búsqueda del propio bienestar físico o psíquico. Es sólo una faceta del descanso, pero no la única.

El descanso es una realidad específicamente cristiana, que ya el Génesis relaciona con Dios y con los trabajos de la creación. Al final de su obra, en el séptimo día, Dios descansa contemplando la belleza de la creación recién aparecida, porque en ella encontraba ya esbozados todos los detalles de su plan de salvación. Veía Yahvé en aquellos cielos creados lo que habrían de ser los nuevos cielos y la nueva tierra que había de traer la resurrección gloriosa de Cristo. Y en la forma de aquel barro humano primordial, contemplaba el Creador la belleza de su Verbo, que habría de hacerse Hijo en la carne. Dios descansó en la contemplación de su obra creada como en sí mismo.

El descanso cristiano tiene mucho de contemplación y de intimidad con Dios. Es el tiempo y el modo en que elevamos el espíritu, por encima de los trabajos de cada día, para ocuparnos en esa sublime actividad que es la contemplación de Dios y de la belleza de su acción en tu alma. Has de saber descansar el trabajo de tus agobios, preocupaciones y afanes diarios en la solicitud providente y amorosa de Dios, que cuida siempre de la obra de sus manos. Piensa que Dios busca en ti la intimidad del amigo, para encontrar ahí el sosiego y la belleza de tu alma en gracia.

Has de saber llenar tu trabajo y tu descanso de la presencia de Dios, y ofrecer a otros la apacible calma de un corazón abandonado y enamorado sólo en El.  

NOVEDAD EDITORIAL: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

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