Espíritu Santo, que nos haces mansos con la mansedumbre de Cristo

Cuántos lamentos resuenan en el corazón de tantos hombres que sufren impotentes la barbarie de la injusticia. “¿Dónde está Dios?”, preguntan; “¿Dónde se esconde su justicia y bondad?”. La respuesta, que aún resulta escándalo para algunos, y necedad para otros, se encuentra junto al corazón llagado de Cristo. El Señor, desde la Cruz, abrazado a cada uno de esos hermanos suyos en el sufrimiento y en la muerte, los sigue atrayendo a los mismos clavos que lo cosen a Él. Ese rostro de Cristo, que muchos conocieron por tierras de Galilea, permaneció manso y humilde también en la Cruz. ¡Esa es la paradoja! El Cristo Inocente muestra la cara más oculta de Dios, ese rostro infinito de mansedumbre, en el que se adivina un corazón herido de amor hasta la muerte.

La mansedumbre modera nuestros arrebatos de ira y cólera. Nos ayuda a vencer el mal que se nos presenta, a alejar a los enemigos, no con combate y esfuerzo sino con la dulzura y la paciencia. Es la pacificación del orden creado con Dios, incapaz de utilizar la venganza como instrumento de la justicia. El manso vive en la docilidad obediente al plan de Dios, sin fiarse de la limitada lógica humana, sabedor de que el tiempo divino, el instante de lo eterno, introduce la verdad de Dios en los corazones de piedra. ¡Qué maravillosa la acción del Espíritu Santo! Aquellos que saborean su presencia no desprecian la Ley de Dios. Un solo destello de su gracia divina es capaz de transfigurar cualquier sufrimiento humano. ¿Probaremos, aunque sólo sea en un momento de nuestro atareado quehacer diario, el néctar de esa mansedumbre que mana del corazón abierto de Cristo, y que espera unos labios ardientes, sedientos, como pueden ser los tuyos o los míos? No quieras vencer el mal con más mal, sino con el silencio y la paz de la Cruz.

NOVEDAD EDITORIAL: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es


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