“No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20)

Morir al pecado no es tarea fácil. Es algo que puede suponernos un esfuerzo y unas “ganas” por las cosas de Dios, de las que no tenemos tiempo ahora. ¡Sí!, así nos planteamos muchas veces todo lo que hace referencia al espíritu. Que bastante hay con salir al paso en nuestras actividades habituales, como para “perder tiempo” en las cosas de Dios… ya habrá lugar para ello.

Nos hemos hecho una idea equivocada de la santidad. La hemos relegado a aquellos personajes raros y extravagantes, que la Iglesia denomina santos, que se someten a todo tipo de privaciones y ejercicios ascéticos, y que no tienen nada que ver con la gente normal. Sin embargo, la santidad sólo está “hecha” para los normales, como tú y yo, que buscamos hacer la voluntad de Dios, pero que tropezamos, una y otra vez, con la limitación de nuestros pecados.

Morir al pecado es vivir con Cristo… aún más, que Cristo viva en mi, como dice el Apóstol. Y eso se realiza en personas normales, personas que aceptan su condición de finitud, pero que, en esa debilidad, confían, día tras día, en la fuerza de Dios, no en las suyas. Esa es la santidad: Cristo abraza mis pecados en la Cruz… tú y yo descansamos en la infinita misericordia de Dios, que nos redime, en cada instante, a pesar de nuestra falta de esfuerzo o nuestras pocas ganas por Él… ¡Sólo has de confiar!

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

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