Espíritu Santo, por quien conocemos a Dios

Intus legere, leer dentro. La capacidad que tiene el hombre para conocer es lo que le permite adquirir inteligencia sobre las cosas, aunque ese conocimiento siempre será parcial, pues es un ser limitado. Sin embargo, el Espíritu Santo nos ayuda a trascender esa materialidad, «leyendo» en nuestro interior, para captar realidades que nuestra naturaleza es incapaz de percibir por sí misma.

“Instrúyeme, ¡oh Yahvé!, en el camino de tus mandatos, para que del todo los cumpla. Dame entendimiento para que guarde tu Ley y la cumpla con todo el corazón” (Sal 119). Nada puede ser amado si antes no es conocido; por ello, el don de inteligencia aparece como el primero, en orden a capacitarnos para reconocer aquello que verdaderamente queremos, y así los demás dones vayan situándose en el juego de la gracia que nos proporciona el Espíritu Santo. El don de inteligencia nos posibilita descubrir y penetrar en lo esencial de nuestra fe: amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo nuestro ser. Y sin despreciar lo que nos rodea, vamos de lo exterior a lo interior, y de lo visible a lo invisible. La fe queda iluminada por este don, para poder comprender con la luz del entendimiento divino, las verdades que se refieren a Dios.

Sólo el Espíritu Santo conoce la intimidad de Dios y sólo Él nos la puede dar a través de sus dones. Por eso, lo oculto que hay en Dios se manifiesta en el interior del alma, en esa búsqueda y conocimiento de la verdad asistida por la luz del Espíritu. El tiempo que hayamos perdido entretenidos en lo que se nos escapa, en lo que es fugaz y aparente, sólo es posible recuperarlo en el interior del alma, allí donde la luz del Espíritu Santo nos hace ver la claridad misma de Dios.

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