¡Era la señal!

Sin mediar palabra alguna, sin perder un minuto, los discípulos de Emaús cogieron el trozo de pan partido y se volvieron corriendo a Jerusalén, al sitio donde sabían que estaban reunidos los Once y los demás compañeros. Nada impide pensar que, junto a ellos, estuvieran también María y las demás mujeres que habían seguido al Señor hasta la cruz. Al entrar los dos discípulos, mostrarían a todos ese trozo de pan partido y bendecido que Cristo había dejado sobre la mesa, en su casa de Emaús. ¡Era la señal! ¡En ese pan ellos dos habían reconocido al Señor! Como pudieron, explicaron a todos lo sucedido, con tono apresurado y aún sobrecogido de emoción, confesando que ese pan partido era el signo de la presencia de Cristo, la prueba de que Cristo estaba vivo.

El evangelio de Marcos (16,13) nos confirma que, a pesar de que los dos de Emaús fueron a anunciarles a todos que habían visto y reconocido al Señor, ellos no les creyeron. Podemos suponer que María sí creyó. Ella podía reconocer fácilmente aquel signo del pan partido que veía en las manos de aquellos discípulos. ¡Tantas veces había visto a su Hijo en casa partir el pan y pronunciar la bendición que asociaba naturalmente ese gesto a la presencia del Señor! ¡Y cuántas veces también había partido ella misma el pan sobre la mesa de casa para dárselo, así partido, a su Hijo! Ese gesto, tan cotidiano, fue educando el corazón eucarístico de la Madre al calor de la presencia del Hijo.

Cuántas veces, en aquel pan partido sobre la mesa que Cristo daría a su madre, viviría ya anticipadamente en el corazón, con el deseo y el amor, el pan de la última cena en el que Él mismo se daría a la Iglesia. En la vida diaria, el pan partido sobre la mesa alimentaba continuamente el amor de María hacia la presencia real, tan dulce, de su Hijo. En alguna de aquellas comidas quizá le explicara su Hijo que, un día, aquel pan habría de ser Él mismo.

Ahora, viendo aquel pan partido en las manos de los discípulos de Emaús, María creería en la dulce presencia de Aquél que se hizo desconocido caminante hasta la aldea de Emaús y sólo se dejó reconocer al bendecir y partir el pan. Y, es que toda la grandeza de Dios se nos hace presente ahí, en la ínfima normalidad de lo cotidiano.

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