Ser un personaje más

¡Cuántas veces nos hubiera gustado ser uno de esos personajes que tuvieron un encuentro personal con Jesús! Pues bien, es posible hacerlo. Leer el Evangelio no es sólo rememorar algunos hechos que ocurrieron hace siglos. Se trata de una invitación a entrar de lleno en el corazón de Cristo.

Vivir el Evangelio es ser un personaje más, que se “cuela” entre aquellos que le dieron vítores a la entrada de Jerusalén; que se pasma ante la multiplicación de los panes y los peces; que da gracias a Dios siendo testigo de la resurrección de Lázaro; que reza, junto a los apóstoles, ese primer Padrenuestro; que se atreve también a tocar el borde de su vestido como la hemorroísa; que le consuela junto al ángel en Getsemaní; le acompaña, camino del Calvario, al lado de Simon de Cirene, llevando también su Cruz; que abraza y llena de besos, junto a María, su cuerpo yacente…

Todas estas situaciones están traídas para que tú y yo las actualicemos cada día, “trajinándolas” desde el corazón a la práctica constante en cada uno de nuestros ambientes, sea el que sea (tu familia, tu trabajo, tus amigos…). Esto es lo que significa tratar al Señor: despertar en nosotros, mediante la lectura y meditación del Evangelio, esa bendita ansia por recorrer cada jornada junto a Él, siendo un personaje más de la misma vida de Cristo.


Has de ser una pequeña Betania

Arranca de una tradición antigua la fiesta dedicada a honrar la basílica de san Juan de Letrán, llamada “madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe”. El templo, construido por Constantino, tiene el valor de expresar el amor y la unidad que toda la Iglesia ha de tener con la cátedra de Pedro. Ignacio de Antioquía decía de la iglesia de Roma que “preside a todos los congregados en la caridad”. Honrar a esta Basílica madre nos tiene que llevar a honrar, sobre todo, a nuestra Iglesia Madre. Ahí está el verdadero templo en que habita Dios, y tú debes ayudar a su construcción siendo piedra viva, no muerta, por la comunión de la fe y por tus obras. Pero, mira: contemplando este bellísimo y materno Templo que es la Iglesia, se te va rápido el pensamiento a la Virgen Madre. Su seno fue la verdadera y definitiva tienda del encuentro, el verdadero Templo y Santuario de los divinos misterios. Madre, casa, hogar de Dios, en la que el Verbo puso su morada.

Has de venerar con delicado y amoroso cariño de hijo esas entrañas tan bellas y tan puras que te enseñan a ser tú templo y hogar de Dios. Has de ser tú esa pequeña Betania en la que el Señor entre a menudo a descansar con el amigo. Has de hacer de tu alma un pequeño Nazaret, que cobije y dé posada a tanta presencia de Dios que recibiste en la gracia de tu bautismo. Pídele hoy a la Virgen Madre por la Asociación Mater Dei, en el primer aniversario de su aprobación, para que su maternidad virginal y divina sea, de verdad, nuestro ideal de vida.

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El Espíritu Santo, alma de todo apostolado

¿Cómo pretendes ver frutos en tu dedicación apostólica si prescindes del Espíritu Santo? Si quieres resucitar tu fe y tu vida mortecinas, el Espíritu Santo es alma que da vida a tus obras muertas. Si quieres curar tus cegueras, sanar las costras de tus pecados, aliviar las dolencias de tus miserias y debilidades, invoca al Espíritu Santo y verás cómo te inunda el bálsamo de su presencia. El Espíritu Santo fecunda el seno de las vírgenes. Por obra del Espíritu Santo María fue Madre de Dios. Por su maternidad virginal, María fue cauce, en su Hijo, del don universal del Espíritu. Lo materno es obra del Espíritu, adorado como Señor y dador de vida. Si quieres dar vida a otros has de invocar mucho a este Señor y Dador de vida. 

No te canses de invocar el don del Espíritu Santo a diario, en toda circunstancia, en cualquier necesidad, sobre las personas que quieres, sobre los que tienen necesidad, sobre aquellos que han caído en pecado, sobre aquellos vencidos por el desánimo, sobre los que dudan de su vocación… ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven, Espíritu Santo! Y a cada invocación una gota de vida divina caerá sobre la tierra reseca y marchita de muchos corazones, también del tuyo. Tu mejor compañero de apostolado ha de ser este Espíritu consolador y dador de vida. Verás cómo, al calor de su presencia, las situaciones más difíciles y las almas más pertinaces se ablandan como la cera encendida.

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