Doce canastos llenos

A juzgar por los trozos de pan que sobraron, el milagro de la multiplicación de los cinco panes de cebada y los dos peces debió ser, ciertamente, espectacular. Los cuatro evangelistas coinciden en señalar con asombro que fueron doce los cestos que se llenaron con el pan sobrante, después de haber saciado a más de cinco mil personas. Debieron ser grandes, muy grandes, aquellos canastos que el Señor llenó de pan. Es de suponer que serían de urdimbre tosca, de material rudo y basto, quizá incluso deteriorados por el uso que a diario les daban sus dueños. Habrían servido para transportar la carga y los enseres de aquella gente que, por escuchar al Maestro, habían hecho más de una jornada de viaje. No importa cómo fueran. Importa que estaban vacíos y, por eso, disponibles para el milagro. Si hubieran estado llenos de otras cosas no hubieran servido para acoger la acción y el poder de Dios. Quizá por eso fueron esos canastos, y no otros, los que eligió el Señor para hacer en ellos un signo portentoso y espectacular.

¿Crees que al Señor le importó la rudeza de aquellos cestos? ¿Crees que se fijó en su pobre y destartalada forma? Pues si no lo hizo ni siquiera con aquellos canastos, ¿por qué te empeñas en creer que tus defectos de carácter, tus limitaciones, tus miserias, son obstáculos para la acción de Dios? Basta que te pongas ante El vacío, disponible para el milagro, aunque no te consideres digno de ello. ¿Crees que el Señor no puede llenarte de pan con una abundancia insospechada y saciar contigo a más de cinco mil hombres? Tu no te canses de darle una y otra vez tu canasto vacío y verás cómo El nunca se cansará de multiplicar en ti tus cinco panes y tus dos peces.    

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Santo en tu pequeño día a día

No pienses que la santidad no es para ti, ni creas que es algo utópico e inalcanzable, algo extraordinario para gente extraordinaria. Estás llamado y capacitado para ella en el sitio y ambiente donde el Señor te ha puesto, con ese carácter y forma de ser que Dios ha querido para ti y no otro, aunque tengas que reformarlo. Es verdad que se alimenta de una rica vida interior, pero tu santidad ha de forjarse en tu vida cotidiana, en tu pequeño día a día. Si la buscas fuera de ahí entonces sí que la santidad se te hace inalcanzable y utópica.

En ese cansancio que has de vencer al despertarte, en esa contestación brusca que te callas, en ese pensamiento de vanidad, de rencor, de impureza que te viene de repente, en ese volver a empezar cuando te has enfadado con alguien, en ese pequeño servicio que quitas a otros, en esa corrección que debes hacer a tus hijos y que tanto te cuesta, en ese capricho que no te compras, en ese aceptar sin molestarte las limitaciones, defectos o manías de aquellos con los que convives, en ese saber perdonar todo y siempre, en ese atasco imprevisto, en esa llamada de teléfono… Ahí, en tu día a día, y así, tejida de esas minucias, es tu santidad. Y no quieras otra más extraordinaria si Dios no la quiere para ti. La grandeza de lo sencillo y pequeño ha sido siempre el estilo de Dios. No quieras ir tu por otro camino que no sea ese, pequeño pero muy seguro, de la santidad de cada día.  

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Ser puntuales

Que no te caracterice la impuntualidad. Es síntoma de desorden, de falta de previsión, y puede serlo de desinterés y hasta de una caridad poco fina en detalles. Podemos echar la culpa a los medios de transporte, a los atascos, a los imprevistos de todo tipo, pero con eso sólo logras, quizá, quedar bien por un momento ante la persona que ha tenido que esperarte. La impuntualidad reiterada necesita ser educada. Quizá nace de la costumbre de dejar las cosas para el último momento, o de ambicionar tu tiempo, apurando hasta el final esa actividad que te gusta y que no sabes cortar, con desprendimiento y libertad.

La impuntualidad sólo te aporta prisas y enfados y, lo que es peor: además de hacerte perder a ti el tiempo, haces perder el tiempo a los demás, un tiempo del que tu no eres dueño. Hay que estar en el sitio que Dios quiere que estemos y a la hora y en el momento que Él quiere, no cuando tu quieras. ¿Te has fijado con qué exquisito cuidado habla Jesús de su Hora? Esa Hora tenía su momento, el que había fijado el Padre, ni antes ni después. Sólo María se atrevió a adelantar esa Hora de Dios en aquellas bodas de Caná. Cada hora, cada momento, de tu vida y de las demás son horas y momentos de Dios. En cada uno de ellos, si quieres, tienes una cita con El. No llegues tarde, no le hagas esperar en esa cita de todos los momentos del día, en la que Dios espera incansable y paciente que tú te unas a Él. 

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La voluntad de Dios

Si aprendiéramos a centrar nuestra vida espiritual en el único deseo de hacer la voluntad de Dios, y no la nuestra, habría más santos en la Iglesia. El mayor y único deseo de Cristo, el centro de su vida, su mayor aspiración, el sentido de todo, fue siempre cumplir la voluntad de su Padre. Una forma sencilla y asequible  de hacer la voluntad de Dios, sin salir de tu día a día, es el cumplimiento de los deberes propios de tu estado, de tu profesión, de tu vida cristiana y de tu relación con Dios. Lo que Dios quiere de ti te lo hace ver y te lo pide en el lugar y circunstancias en las que te ha puesto, con esas personas concretas y no otras, en esas responsabilidades que debes desempeñar por trabajo, vocación o estado de vida. También es cierta y segura la voluntad de Dios en lo que te sobreviene sin esperarlo ni imaginarlo: un fracaso, una enfermedad, un inoportuno atasco, un esguince de tobillo o el premio de una lotería. Son esos “pequeños milagros” que a veces nos sorprenden como guiños de Dios, esas carambolas de la providencia de las que alcanzamos a conocer sólo la superficie, sin atisbar toda la misteriosa profundidad de bienes y de gracia que conllevan.

Dios te habla con voz firme y segura cuando las circunstancias te sobrepasan y no está en tu mano gobernarlas ni entenderlas. Por eso, lo absurdo, lo inútil, lo que no entiendes, es de una extraordinaria fecundidad espiritual, si sabes vivirlo abandonado en la aceptación oscura y difícil de una voluntad, la de Dios, que no coincide con la tuya. Tu oración diaria, la dirección espiritual, la Palabra de Dios, los sacramentos, son también medios para ir atisbando esa voluntad de Dios sobre tu vida. Aprende a simplificar tu vida espiritual apuntando, sin rodeos, a la voluntad de Dios, entregándole una y otra vez la tuya.

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Las piedras de Getsemaní

Cuántas veces recortas el tiempo de tu oración diaria, o la dejas de hacer, porque te desanima no sentir nada, o crees que pierdes el tiempo, cuando tienes tantas cosas pendientes de hacer. Mira aquellos apóstoles a los que el Señor se llevó consigo al huerto de los Olivos. ¿Puede haber una compañía en apariencia más inútil que la de aquellos tres apóstoles dormidos y abatidos por el cansancio, precisamente en las horas más duras y dolorosas del Señor? Y, sin embargo, allí permanecieron.

En aquella agonía previa a la pasión el Señor quiso acompañarse, una vez más, de la debilidad de sus criaturas, la misma que él estaba sintiendo ante la proximidad de la Cruz y ante el cumplimiento de la voluntad del Padre. Aquella noche quizá sólo las piedras sobre las que oraba, postrado y derrumbado, supieron acompañarle, aun sin darse cuenta de que eran bañadas por gotas de sangre redentora. Piedras y oscuridad, mucha oscuridad, y mucha debilidad humana, hasta que un ángel vino a consolarle. ¿Cómo es posible que renunciemos a la compañía que el Señor espera cada día en nuestra oración con mayor dureza que la de aquellas piedras de Getsemaní? ¿Ni siquiera eres capaz de ofrecerle al Señor la oración de tu desgana, de tu debilidad, de tu sueño, de tus ocupaciones, puestas allí junto a El? Ora, aunque sea como las piedras, pero ora. También la debilidad fue la oración del Señor. Porque siempre hay un Getsemaní que acompañar, en tantos hermanos nuestros que sufren y en tantos pecados que hay que clavar en la Cruz.  

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Reza por tu Pastor

En el s. IV los papas Silvestre y Siricio dedicaron las imponentes basílicas de san Pedro y san Pablo a dos imponentes santos. Cada uno con un estilo propio de santidad y con vocaciones diferentes, cada uno con sus defectos de carácter, sus dotes y cualidades, pero los dos fueron capaces de corresponder sin desánimo a la gracia recibida. Hoy, tu y yo los veneramos como dos grandes apóstoles y pilares de la fe de la Iglesia. Así has de ver también a tu Pastor. Al Papa, que no sólo es pilar sino cabeza de este cuerpo que es la Iglesia, un cuerpo que ha de mantenerse siempre vivo por la comunión de la fe. Al Obispo de tu diócesis, que es también pilar y cabeza de esa iglesia concreta en la que tú has sido engendrado a la fe y que, aun con arrugas y defectos, no cesa de acompañarte de la mano con dedicación de madre. Reza también por tus pastores más cercanos: los que te guían a través de la dirección espiritual, aquellos que te sirven dándote a Dios en los sacramentos, aquellos que se acercan a ti a través de la amistad, necesitados quizá de un poco de descanso, aquellos que te hayan podido confundir o desanimar por sus defectos y miserias.

Todos son, a la vez, un poco de Pedro y un poco de Pablo; a su manera, con sus dificultades, con sus aciertos y sus errores, pero siempre con la gracia y la luz indefectible del Espíritu Santo que habla y actúa a través de su ministerio. Has de ser su báculo en el camino, ya que ellos te llevan a ti sobre sus hombros. Has de rezar con ellos y por ellos, ya que ellos te han desposado a ti, como miembro de esta Iglesia a la que ellos entregan su vida. Búscate un momento de cada día para sostener con tu oración a estos pilares en los que se apoya tu vida cristiana y tu fe.

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Nuestros estados de ánimo

 ¿Ves cómo van las abejas de flor en flor? Así son también nuestros estados de ánimo, fluctuando con la misma facilidad con que el aire se mueve de acá para allá. Conseguir esa ecuanimidad, tan propia de una cierta madurez humana y espiritual, tiene mucho de conocimiento de sí mismo, de esfuerzo de la voluntad, de aceptación de las propias limitaciones sin pactar con ellas; pero es también el poso que va dejando una vida de oración y de intimidad con Cristo cada vez más sólida y sincera. Los altibajos de nuestros estados de ánimo hablan mucho de la fragilidad de nuestra condición, tan quebradiza que en un instante somos capaces de opinar, ver o sentir justo todo lo contrario de lo vivido en el instante anterior. Olvidamos afectos, torcemos intereses, cambia nuestra opinión sobre alguien o interpretamos con ligereza acontecimientos dependiendo de la gana o desgana que tengamos. Y de la fluctuación de nuestros estados de ánimo pasamos fácilmente a la inconstancia e informalidad en nuestros compromisos y deberes.

No puedes hacer depender tu santidad, ni siquiera tu apostolado y tu entrega a los demás, de la arbitrariedad de tu estado de ánimo. ¿Crees que Nuestro Señor en Getsemaní tenía ganas de abrazarse y cargar con la cruz? Sé fiel a tu oración diaria, a la Eucaristía, a la dirección espiritual, a tu examen de cada noche, al rezo del rosario, a la confesión, aunque no sientas nada ni te apetezca. La fidelidad del amor no es cuestión de sentimientos ni de ganas. Puedes vivir como los submarinos, a tientas y por debajo de las corrientes de tus sentimientos, o navegar a velocidad de crucero por encima de ellas, imbatible ante los golpes y el vaivén de las olas.

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Ama siempre a la Virgen

Hay aspectos de la ternura y misericordia de Dios que sólo podíamos conocer a través del corazón virginal y materno de María. Sin Ella el misterio de Cristo es inexplicable. El mayor deseo humano jamás hubiera podido sospechar ni imaginar nada de cuanto Dios nos ha regalado en María. Su dulce presencia, inefable para el corazón que sólo sabe hablar con el amor, se hace entrañable, materna, cercana, cuando presentas ante Ella tu corazón herido de hijo.

Cuántos sinsabores, cuántas penas y dolores, cuánta amargura y soledad, cuánto dolor desengañado, cuántas lágrimas, no habrá enjugado esta Madre desde que el corazón de los Tres quedó enamorado de esta bellísima alma. Así es tu Madre. La que llena de amor a Cristo todos los huecos y vacíos que el pecado deja en tu corazón. La que no se cansa de velar aun en esas noches largas y oscuras por las que a veces camina perdida tu alma. Aquella que embelesa y anonada el corazón de Dios. Así es tu Madre. Nunca dejes de amarla e invocarla. No te olvides nunca de ese regazo materno, tan divino; aquel en el que un día reposó el rostro de Cristo y en el que siempre podrás sentirte abrazado.

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Sobrios en el tener

El ambiente nos invita continuamente a tener cosas –aunque sean innecesarias–, a crearnos falsas necesidades, a medir lo que somos según el baremo de lo que poseemos. Todo ello es síntoma de una carencia radical, de una menesterosidad que define nuestra condición humana y que solemos compensar falsamente con el espejismo del tener. Es tal nuestra limitación como criaturas, nuestra inseguridad, nuestra fragilidad, que nos agarramos a las cosas materiales y a las seguridades humanas, para autoconvencernos de que tenemos la vida en nuestras manos y somos alguien. Pero nos engañamos. ¿De qué sirve tenerlo todo si no tenemos a Dios? No se trata de vivir en la miseria o renunciar a tener dinero, sino de vivir desprendidos de todo eso que los criterios del mundo ambicionan y acaparan, para poner el corazón sólo en Dios.

Hay ricos que sufren una miseria humana y espiritual más insoportable que la carencia de dinero, porque viven mendigando afecto, compañía, reconocimiento o aprecio. Y hay ricos que saben vivir en esa otra sobreabundancia de la generosidad con Dios y con los demás. Hay que valorar y cuidar lo que tenemos, contagiando a nuestro alrededor un cierto estilo de austeridad, sin derrochar ni alardear. No es tacañería, pero sí sobriedad en los gastos, evitando caprichos, cosas que no necesitamos, lujos superfluos. Piensa que, aunque puedas, quizá no debas. Que tu austeridad no resulte chocante, ridícula o extravagante. Basta que sea sencilla, sin rebuscamientos, de esa que tu mano derecha no conoce y sólo es vista por tu Padre en lo escondido. ¿Crees que muchos en Nazaret supieron de las necesidades y renuncias de aquella bendita familia? Y, sin embargo, ni Salomón con todo su fasto atrajo sobre sí, con el mismo embeleso, la mirada enamorada del Padre providente. 

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Necesitas la dirección espiritual

No creas que solo llegarás muy lejos en los caminos de tu vida interior. Todos necesitamos contrastar y objetivar con alguien más experimentado los pasos que vamos dando en nuestra escalada interior. Aunque Dios podría hablarte directamente, la ley de la encarnación le hace servirse de las mediaciones humanas para hacerte ver qué quiere de ti.

Busca una persona de experimentada madurez humana, de profunda y veraz vida de oración, entrenada en virtudes y muy desprendida de sí misma, de sólida formación doctrinal, con fuerte sentido de la comunión eclesial, capaz de escuchar con misericordia y de discernir con fineza los movimientos de tu alma. No importa que sea clérigo o laico. Sí importa que sea uno de esos “amigos fuertes de Dios”, capaz de aunar con naturalidad y normalidad lo más divino y lo más humano. Por tu parte, sé siempre muy sincero abriendo tu alma y confiando todo aquello que puede venir de Dios, del demonio o de ti mismo. No te importe reconocer tus debilidades, limitaciones, defectos y caídas, si así ayudas al médico a sanar tu alma. Busca el consejo ponderado de quien ya ha pasado por tus mismas oscuridades y deja que desde su atalaya divise ese paisaje de tu alma en el que Dios continuamente te habla. No te importe lo empinado y tortuoso del camino cuando vas de la mano segura de un buen lazarillo. 

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