1058 – Palabras en el Consistorio extraordinario

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Queridos hermanos:

Os saludo cordialmente y doy gracias con vosotros al Señor, que nos concede estos días para encontrarnos y trabajar juntos. Damos la bienvenida especialmente a los hermanos que este sábado serán creados cardenales, y los acompañamos con la oración y el afecto fraterno. Agradezco al Cardenal Sodano sus amables palabras.

En estos días reflexionaremos de modo particular sobre la familia, que es la célula básica de la sociedad humana. El Creador ha bendecido desde el principio al hombre y a la mujer para que fueran fecundos y se multiplicaran sobre la tierra; así, la familia representa en el mundo como un reflejo de Dios, Uno y Trino.

Nuestra reflexión tendrá siempre presente la belleza de la familia y del matrimonio, la grandeza de esta realidad humana, tan sencilla y a la vez tan rica, llena de alegrías y esperanzas, de fatigas y sufrimientos, como toda la vida. Trataremos de profundizar en la teología de la familia, y en la pastoral que debemos emprender en las condiciones actuales. Hagámoslo con profundidad y sin caer en la casuística, porque esto haría reducir inevitablemente el nivel de nuestro trabajo. Hoy, la familia es despreciada, es maltratada, y lo que se nos pide es reconocer lo bello, auténtico y bueno que es formar una familia, ser familia hoy; lo indispensable que es esto para la vida del mundo, para el futuro de la humanidad. Se nos pide que realcemos el plan luminoso de Dios sobre la familia, y ayudemos a los cónyuges a vivirlo con alegría en su vida, acompañándoles en sus muchas dificultades, con una pastoral inteligente, animosa y llena de amor.

Gracias en nombre de todos al cardenal Walter Kasper por la valiosa contribución que nos ofrece con su introducción.

Gracias a todos, y buena jornada de trabajo.

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1057 – Audiencia general

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

A través de los sacramentos de iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, llevamos esta vida «en vasijas de barro» (2 Cor 4, 7), estamos aún sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la nueva vida. Por ello el Señor Jesús quiso que la Iglesia continúe su obra de salvación también hacia los propios miembros, en especial con el sacramento de la Reconciliación y la Unción de los enfermos, que se pueden unir con el nombre de «sacramentos de curación». El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. La imagen bíblica que mejor los expresa, en su vínculo profundo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y los cuerpos (cf. Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26).

El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de la Pascua el Señor se aparece a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23). Este pasaje nos descubre la dinámica más profunda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él.

A lo largo del tiempo, la celebración de este sacramento pasó de una forma pública —porque al inicio se hacía públicamente— a la forma personal, a la forma reservada de la Confesión. Sin embargo, esto no debe hacer perder la fuente eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús. He aquí, entonces, por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote. «Pero padre, yo me avergüenzo…». Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable. Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un «sinvergüenza». Pero incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas, que tanto pesan a mi corazón. Y uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. No tener miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza, pero después, cuando termina la Confesión sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la Confesión! Quisiera preguntaros —pero no lo digáis en voz alta, que cada uno responda en su corazón—: ¿cuándo fue la última vez que te confesaste? Cada uno piense en ello… ¿Son dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga cuentas, pero cada uno se pregunte: ¿cuándo fue la última vez que me confesé? Y si pasó mucho tiempo, no perder un día más, ve, que el sacerdote será bueno. Jesús está allí, y Jesús es más bueno que los sacerdotes, Jesús te recibe, te recibe con mucho amor. Sé valiente y ve a la Confesión.

Queridos amigos, celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos la hermosa, hermosa parábola del hijo que se marchó de su casa con el dinero de la herencia; gastó todo el dinero, y luego, cuando ya no tenía nada, decidió volver a casa, no como hijo, sino como siervo. Tenía tanta culpa y tanta vergüenza en su corazón. La sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta. Pero yo os digo: cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta. Sigamos adelante por este camino. Que Dios os bendiga.

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1056 – Homilía en la visita pastoral a la parroquia Santo Tomás apóstol

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Una vez los discípulos de Jesús comían trigo, porque tenían hambre; pero era sábado, y el sábado no se podía comer trigo. Y lo tomaban, hacían así [frota las manos] y comían el trigo. Y [los fariseos] dijeron: «¡Mira lo que hacen! Quién hace eso, va contra la ley y mancha el alma, porque no cumple la ley». Y Jesús responde: «No mancha el alma lo que tomamos fuera. Ensucia el alma lo que viene de dentro, de tu corazón». Y creo que nos hará bien, hoy, pensar no si mi alma está limpia o sucia, sino pensar en lo que hay en mi corazón, qué tengo dentro, que yo sé que tengo y nadie lo sabe. Decir la verdad a nosotros mismos: ¡esto no es fácil! Porque nosotros siempre buscamos cubrirnos cuando vemos algo que no está bien dentro de nosotros, ¿no? Que no salga a la luz, ¿no? ¿Qué hay en nuestro corazón? ¿Hay amor? Pensemos: ¿amo a mis padres, a mis hijos, a mi esposa, a mi marido, a la gente del barrio, a los enfermos? … ¿amo? ¿Hay odio? ¿Odio a alguien? Porque muchas veces encontramos que hay odio, ¿no? «Yo amo a todos, excepto a éste, a éste y a ésta». Esto es odio, ¿no? ¿Qué hay en mi corazón? ¿Hay perdón? ¿Hay una actitud de perdón hacia quienes me ofendieron, o hay una actitud de venganza —«¡me la pagarás!»?. Debemos preguntarnos qué hay dentro, porque esto que está dentro sale fuera y hace mal, si es malo; y si es bueno, sale fuera y hace el bien. Y es tan hermoso decir la verdad a nosotros mismos, y avergonzarnos cuando nos encontramos en una situación que no es como Dios la quiere, que no es buena; cuando mi corazón está en una situación de odio, de venganza, tantas situaciones pecaminosas. ¿Cómo está mi corazón?…

Jesús decía hoy, por ejemplo —pondré sólo un ejemplo: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar por la cólera contra su hermano, lo mató en su corazón». Y quien insulta a su hermano, lo mata en su corazón; quien odia a su hermano, mata a su hermano en su corazón; quien critica a su hermano, lo mata en su corazón. Tal vez no nos damos cuenta de esto, y luego hablamos, «despachamos» a uno y a otro, criticamos esto y aquello… Y esto es matar al hermano. Por ello es importante conocer qué hay dentro de mí, qué sucede en mi corazón. Si uno comprende a su hermano, a las personas, ama, porque perdona: comprende, perdona, es paciente… ¿Es amor o es odio? Todo esto debemos conocerlo bien. Y pedir al Señor dos gracias. La primera: conocer qué hay en mi corazón, para no engañarnos, para no vivir engañados. La segunda gracia: hacer el bien que está en nuestro corazón, y no hacer el mal que está en nuestro corazón. Y sobre esto de «matar», recordar que las palabras matan. Incluso los malos deseos contra el otro matan. Muchas veces, cuando escuchamos hablar a las personas, hablar mal de los demás, parece que el pecado de calumnia, el pecado de la difamación fue borrado del decálogo, y hablar mal de una persona es pecado. ¿Por qué hablo mal de una persona? Porque en mi corazón tengo odio, antipatía, no amor. Pedir siempre esta gracia: conocer lo que sucede en mi corazón, para hacer siempre la elección justa, la opción del bien. Y que el Señor nos ayude a querernos. Y si no puedo querer a una persona, ¿por qué no puedo? Rezar por esta persona, para que el Señor haga que la quiera. Y así seguir adelante, recordando que lo que mancha nuestra vida es el mal que sale de nuestro corazón. Y que el Señor nos ayude.

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1055 – A las parejas de novios que se preparan para el matrimonio

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1ª Pregunta: El miedo del «para siempre»

Santidad, son muchos los que hoy piensan que prometerse fidelidad para toda la vida sea una empresa demasiado difícil; muchos sienten que el desafío de vivir juntos para siempre es hermoso, fascinante, pero demasiado exigente, casi imposible. Le pedimos su palabra que nos ilumine sobre esto.

Agradezco el testimonio y la pregunta. Os explico: ellos me enviaron las preguntas con antelación. Se comprende. Así, yo pude reflexionar y pensar una respuesta un poco más sólida. Es importante preguntarse si es posible amarse «para siempre». Ésta es una pregunta que debemos hacer: ¿es posible amarse «para siempre»? Muchas personas hoy tienen miedo de hacer opciones definitivas. Un joven decía a su obispo: «Yo quiero llegar a ser sacerdote, pero sólo por diez años». Tenía miedo a una opción definitiva. Pero es un miedo general, propio de nuestra cultura. Hacer opciones para toda la vida, parece imposible. Hoy todo cambia rápidamente, nada dura largamente. Y esta mentalidad lleva a muchos que se preparan para el matrimonio a decir: «estamos juntos hasta que dura el amor», ¿y luego? Muchos saludos y nos vemos. Y así termina el matrimonio. ¿Pero qué entendemos por «amor»? ¿Sólo un sentimiento, uno estado psicofísico? Cierto, si es esto, no se puede construir sobre ello algo sólido. Pero si en cambio el amor es una relación , entonces es una realidad que crece, y podemos incluso decir, a modo de ejemplo, que se construye como una casa. Y la casa se construye juntos, no solos. Construir significa aquí favorecer y ayudar el crecimiento. Queridos novios, vosotros os estáis preparando para crecer juntos, construir esta casa, vivir juntos para siempre. No queréis fundarla en la arena de los sentimientos que van y vienen, sino en la roca del amor auténtico, el amor que viene de Dios. La familia nace de este proyecto de amor que quiere crecer como se construye una casa, que sea espacio de afecto, de ayuda, de esperanza, de apoyo. Como el amor de Dios es estable y para siempre, así también el amor que construye la familia queremos que sea estable y para siempre. Por favor, no debemos dejarnos vencer por la «cultura de lo provisional». Esta cultura que hoy nos invade a todos, esta cultura de lo provisional. ¡Esto no funciona! Por lo tanto, ¿cómo se cura este miedo del «para siempre»? Se cura día a día, encomendándose al Señor Jesús en una vida que se convierte en un camino espiritual cotidiano, construido por pasos, pasos pequeños, pasos de crecimiento común, construido con el compromiso de llegar a ser mujeres y hombres maduros en la fe. Porque, queridos novios, el «para siempre» no es sólo una cuestión de duración. Un matrimonio no se realiza sólo si dura, sino que es importante su calidad. Estar juntos y saberse amar para siempre es el desafío de los esposos cristianos. Me viene a la mente el milagro de la multiplicación de los panes: también para vosotros el Señor puede multiplicar vuestro amor y donarlo a vosotros fresco y bueno cada día. ¡Tiene una reserva infinita de ese amor! Él os dona el amor que está en la base de vuestra unión y cada día lo renueva, lo refuerza. Y lo hace aún más grande cuando la familia crece con los hijos. En este camino es importante y necesaria la oración, siempre. Él para ella, ella para él y los dos juntos. Pedid a Jesús que multiplique vuestro amor. En la oración del Padrenuestro decimos: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Los esposos pueden aprender a rezar también así: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día», porque el amor cotidiano de los esposos es el pan, el verdadero pan del alma, el que les sostiene para seguir adelante. Y la oración: ¿podemos ensayar para saber si sabemos recitarla? «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día». ¡Todos juntos! [novios: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día»]. ¡Otra vez! [novios: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día»]. Ésta es la oración de los novios y de los esposos. ¡Enséñanos a amarnos, a querernos! Cuanto más os encomendéis a Él, tanto más vuestro amor será «para siempre», capaz de renovarse, y vencerá toda dificultad. Esto pensé deciros, respondiendo a vuestra pregunta. ¡Gracias!

2ª Pregunta: Vivir juntos: el «estilo» de la vida matrimonial

Santidad, vivir juntos todos los días es hermoso, da alegría, sostiene. Pero es un desafío que hay que afrontar. Creemos que es necesario aprender a amarse. Hay un «estilo» de la vida de la pareja, una espiritualidad de lo cotidiano que queremos aprender. ¿Puede ayudarnos en esto, Padre Santo?

Vivir juntos es un arte, un camino paciente, hermoso y fascinante. No termina cuando os habéis conquistado el uno al otro… Es más, es precisamente entonces cuando inicia. Este camino de cada día tiene normas que se pueden resumir en estas tres palabras que tú has dicho, palabras que ya he repetido muchas veces a las familias, y que vosotros ya podéis aprender a usar entre vosotros: permiso, o sea, «puedo», tú dijiste gracias, y perdón .

«¿Puedo, permiso?». Es la petición gentil de poder entrar en la vida de otro con respeto y atención. Es necesario aprender a preguntar: ¿puedo hacer esto? ¿Te gusta si hacemos así, si tomamos esta iniciativa, si educamos así a los hijos? ¿Quieres que salgamos esta noche?… En definitiva, pedir permiso significa saber entrar con cortesía en la vida de los demás. Pero escuchad bien esto: saber entrar con cortesía en la vida de los demás. Y no es fácil, no es fácil. A veces, en cambio, se usan maneras un poco pesadas, como ciertas botas de montaña. El amor auténtico no se impone con dureza y agresividad. En las Florecillas de san Francisco se encuentra esta expresión: «Has de saber, hermano carísimo, que la cortesía es una de las propiedades de Dios… la cortesía es hermana de la caridad, que extingue el odio y fomenta el amor» (Cap. 37). Sí, la cortesía conserva el amor. Y hoy en nuestras familias, en nuestro mundo, a menudo violento y arrogante, hay necesidad de mucha más cortesía. Y esto puede comenzar en casa.

«Gracias» . Parece fácil pronunciar esta palabra, pero sabemos que no es así. ¡Pero es importante! La enseñamos a los niños, pero después la olvidamos. La gratitud es un sentimiento importante: ¿recordáis el Evangelio de Lucas? Una anciana, una vez, me decía en Buenos Aires: «la gratitud es una flor que crece en tierra noble». Es necesaria la nobleza del alma para que crezca esta flor. ¿Recordáis el Evangelio de Lucas? Jesús cura a diez enfermos de lepra y sólo uno regresa a decir gracias a Jesús. Y el Señor dice: y los otros nueve, ¿dónde están? Esto es válido también para nosotros: ¿sabemos agradecer? En vuestra relación, y mañana en la vida matrimonial, es importante tener viva la conciencia de que la otra persona es un don de Dios, y a los dones de Dios se dice ¡gracias!, siempre se da gracias. Y con esta actitud interior decirse gracias mutuamente, por cada cosa. No es una palabra gentil que se usa con los desconocidos, para ser educados. Es necesario saber decirse gracias, para seguir adelante bien y juntos en la vida matrimonial.

La tercera: «Perdón» . En la vida cometemos muchos errores, muchas equivocaciones. Los cometemos todos. Pero tal vez aquí hay alguien que jamás cometió un error. Levante la mano si hay alguien allí, una persona que jamás cometió un error. Todos cometemos errores. ¡Todos! Tal vez no hay un día en el que no cometemos algún error. La Biblia dice que el más justo peca siete veces al día. Y así cometemos errores… He aquí entonces la necesidad de usar esta sencilla palabra: «perdón». En general, cada uno de nosotros es propenso a acusar al otro y a justificarse a sí mismo. Esto comenzó con nuestro padre Adán, cuando Dios le preguntó: «Adán ¿tú has comido de aquel fruto? ». «¿Yo? ¡No! Es ella quien me lo dio». Acusar al otro para no decir «disculpa », «perdón». Es una historia antigua. Es un instinto que está en el origen de muchos desastres. Aprendamos a reconocer nuestros errores y a pedir perdón. «Perdona si hoy levanté la voz»; «perdona si pasé sin saludar»; «perdona si llegué tarde», «si esta semana estuve muy silencioso», «si hablé demasiado sin nunca escuchar»; «perdona si me olvidé»; «perdona, estaba enfadado y me la tomé contigo». Podemos decir muchos «perdón» al día. También así crece una familia cristiana. Todos sabemos que no existe la familia perfecta, y tampoco el marido perfecto, o la esposa perfecta. No hablemos de la suegra perfecta… Existimos nosotros, pecadores. Jesús, que nos conoce bien, nos enseña un secreto: no acabar jamás una jornada sin pedirse perdón, sin que la paz vuelva a nuestra casa, a nuestra familia. Es habitual reñir entre esposos, porque siempre hay algo, hemos reñido. Tal vez os habéis enfadado, tal vez voló un plato, pero por favor recordad esto: no terminar jamás una jornada sin hacer las paces. ¡Jamás, jamás, jamás! Esto es un secreto, un secreto para conservar el amor y para hacer las paces. No es necesario hacer un bello discurso. A veces un gesto así y… se crea la paz. Jamás acabar… porque si tú terminas el día sin hacer las paces, lo que tienes dentro, al día siguiente está frío y duro y es más difícil hacer las paces. Recordad bien: ¡no terminar jamás el día sin hacer las paces! Si aprendemos a pedirnos perdón y a perdonarnos mutuamente, el matrimonio durará, irá adelante. Cuando vienen a las audiencias o a misa aquí a Santa Marta los esposos ancianos que celebran el 50° aniversario, les pregunto: «¿Quién soportó a quién?» ¡Es hermoso esto! Todos se miran, me miran, y me dicen: «¡Los dos!» Y esto es hermoso. Esto es un hermoso testimonio.

3ª Pregunta: El estilo de la celebración del Matrimonio

Santidad, en estos meses estamos haciendo muchos preparativos para nuestra boda. ¿Puede darnos algún consejo para celebrar bien nuestro matrimonio?

Haced todo de modo que sea una verdadera fiesta —porque el matrimonio es una fiesta—, una fiesta cristiana, no una fiesta mundana. El motivo más profundo de la alegría de ese día nos lo indica el Evangelio de Juan: ¿recordáis el milagro de las bodas de Caná? A un cierto punto faltó el vino y la fiesta parecía arruinada. Imaginad que termina la fiesta bebiendo té. No, no funciona. Sin vino no hay fiesta. Por sugerencia de María, en ese momento Jesús se revela por primera vez y hace un signo: transforma el agua en vino y, haciendo así, salva la fiesta de bodas. Lo que sucedió en Caná hace dos mil años, sucede en realidad en cada fiesta de bodas: lo que hará pleno y profundamente auténtico vuestro matrimonio será la presencia del Señor que se revela y dona su gracia. Es su presencia la que ofrece el «vino bueno», es Él el secreto de la alegría plena, la que calienta verdaderamente el corazón. Es la presencia de Jesús en esa fiesta. Que sea una hermosa fiesta, pero con Jesús. No con el espíritu del mundo, ¡no! Esto se percibe, cuando el Señor está allí.

Al mismo tiempo, sin embargo, es bueno que vuestro matrimonio sea sobrio y ponga de relieve lo que es verdaderamente importante. Algunos están más preocupados por los signos exteriores, por el banquete, las fotos, los vestidos y las flores… Son cosas importantes en una fiesta, pero sólo si son capaces de indicar el verdadero motivo de vuestra alegría: la bendición del Señor sobre vuestro amor. Haced lo posible para que, como el vino de Caná, los signos exteriores de vuestra fiesta revelen la presencia del Señor y os recuerden a vosotros y a todos los presentes el origen y el motivo de vuestra alegría.

Pero hay algo que tú has dicho y que quiero retomar al vuelo, porque no quiero dejarlo pasar. El matrimonio es también un trabajo de todos los días, podría decir un trabajo artesanal, un trabajo de orfebrería, porque el marido tiene la tarea de hacer más mujer a su esposa y la esposa tiene la tarea de hacer más hombre a su marido. Crecer también en humanidad, como hombre y como mujer. Y esto se hace entre vosotros. Esto se llama crecer juntos. Esto no viene del aire. El Señor lo bendice, pero viene de vuestras manos, de vuestras actitudes, del modo de vivir, del modo de amaros. ¡Hacernos crecer! Siempre hacer lo posible para que el otro crezca. Trabajar por ello. Y así, no lo sé, pienso en ti que un día irás por las calles de tu pueblo y la gente dirá: «Mira aquella hermosa mujer, ¡qué fuerte!…». «Con el marido que tiene, se comprende». Y también a ti: «Mira aquél, cómo es». «Con la esposa que tiene, se comprende». Es esto, llegar a esto: hacernos crecer juntos, el uno al otro. Y los hijos tendrán esta herencia de haber tenido un papá y una mamá que crecieron juntos, haciéndose —el uno al otro— más hombre y más mujer.

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1054 – A los obispos de la Conferencia Episcopal de la República Checa en visita “ad limina”

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Queridos hermanos en el episcopado:

Os acojo con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum, con la que habéis renovado y consolidado la comunión de la Iglesia que está en la República Checa con la Sede de Pedro. Los encuentros y los coloquios cordiales de estos días, durante los cuales habéis compartido conmigo y con mis colaboradores de la Curia romana las alegrías y las esperanzas, así como las dificultades y las inquietudes de las comunidades encomendadas a vosotros, han sido para mí la ocasión de conocer mejor la situación de la Iglesia en vuestras regiones. Con razón os sentís orgullosos de las sólidas raíces cristianas de vuestro pueblo, cuya fe se remonta a la evangelización de los santos Cirilo y Metodio; al mismo tiempo, sois conscientes de que la adhesión a Cristo no es sólo consecuencia de un pasado, aunque sea importante, sino que es acto personal y eclesial que compromete a toda persona y a toda comunidad en el hoy de la historia. Para favorecer en los fieles el adecuado conocimiento de Jesucristo y el encuentro personal con Él, estáis llamados ante todo a incrementar las iniciativas pastorales oportunas destinadas a una sólida preparación a los sacramentos y a una participación activa en la liturgia. Es necesario, además, el compromiso en favor de la educación religiosa y de una presencia cualificada en el mundo de la escuela y de la cultura. De vuestra parte no puede faltar una apertura vigilante y valiente a los impulsos nuevos del Espíritu Santo, que distribuye sus carismas y dispone a los fieles laicos a asumir responsabilidades y ministerios, útiles para la renovación y el crecimiento de la Iglesia. Para afrontar los desafíos contemporáneos y las nuevas urgencias pastorales es necesaria una sinergia entre el clero, los religiosos y fieles laicos. Cada uno en su propio papel está llamado a dar una aportación generosa para que se anuncie la buena nueva en todos los ambientes, incluso en el más hostil o alejado de la Iglesia, para que el anuncio pueda llegar a las periferias, a las diversas categorías de personas, especialmente las más débiles y las más pobres de esperanza. Deseo de corazón que, confiados en las palabras del Señor que prometió estar presente siempre entre nosotros (cf. Mt 28, 21), sigáis avanzando con vuestra gente por el camino de una gozosa adhesión al Evangelio. Si durante un largo período la Iglesia en vuestro país fue oprimida por regímenes fundados en ideologías contrarias a la dignidad y a la libertad humana, hoy debéis confrontaros con otras insidias, como, por ejemplo, el secularismo y el relativismo. Por tanto, junto a un anuncio incansable de los valores evangélicos es indispensable un diálogo constructivo con todos, incluso con quienes están alejados de cualquier sentimiento religioso. Las comunidades cristianas han de ser siempre lugares de acogida, de confrontación abierta y serena; han de ser agentes de reconciliación y de paz, de estímulo para toda la sociedad en la consecución del bien común y en la atención a los más necesitados; han de ser agentes de la cultura del encuentro. Ante las condiciones de precariedad en que viven varios sectores de la sociedad, especialmente familias, ancianos y enfermos, así como ante la fragilidad espiritual y moral de numerosas personas, en particular los jóvenes, toda la comunidad cristiana se siente interpelada, a partir de sus pastores y, sobre todo, del obispo. Él está llamado a dar por doquier la respuesta de Cristo, dedicándose sin reservas al servicio del Evangelio, santificando, instruyendo y guiando al pueblo de Dios. Os exhorto, pues, a ser perseverantes en la oración, generosos en el servicio a vuestro pueblo, llenos de celo en el anuncio de la Palabra. A vosotros os corresponde seguir con afecto paterno a los sacerdotes: son vuestros principales colaboradores, y su ministerio parroquial requiere una oportuna estabilidad, tanto para realizar un proficuo programa pastoral como para favorecer un clima de confianza y serenidad en la gente. Os animo a promover de modo cada vez más orgánico y difundido la pastoral vocacional, para promover especialmente en los jóvenes la búsqueda de significado y de entrega a Dios y a los hermanos. Que vuestra atención se dirija también a la pastoral familiar: la familia es el elemento basilar de la vida social, y sólo trabajando en favor de las familias se puede renovar el entramado de la comunidad eclesial y la misma sociedad civil. Además, ¿cómo no ver la importancia de la presencia de los católicos en la vida pública, así como en los medios de comunicación? También depende de ellos que se pueda oír siempre una voz de verdad sobre los problemas del momento y percibir a la Iglesia como aliada del hombre, al servicio de su dignidad. Todos conocemos la importancia fundamental de la unión y de la solidaridad entre los obispos, así como de su comunión con el Sucesor de Pedro. Esta unión fraterna es igualmente imprescindible para la eficacia de los trabajos de vuestra Conferencia episcopal, que también puede daros mayor autoridad en vuestras relaciones con las autoridades civiles del país, tanto en la vida ordinaria como al afrontar los problemas más delicados. En el campo económico es preciso desarrollar un sistema que, teniendo en cuenta que los medios materiales están destinados exclusivamente a la misión espiritual de la Iglesia, garantice a cada realidad eclesial lo necesario y la libertad para la actividad pastoral. Es necesario vigilar atentamente para que los bienes eclesiales se administren con prudencia y transparencia, se cuiden y se preserven, incluso con la ayuda de laicos dignos de confianza y competentes.

Queridos hermanos, os expreso mi gratitud por el incansable trabajo pastoral que realizáis en vuestras Iglesias, y os aseguro mi cercanía espiritual y mi apoyo en la oración. Al invocar sobre vosotros y sobre vuestro ministerio la intercesión de la Virgen santísima, os pido el favor de rezar siempre por mí, y de corazón os imparto mi bendición a vosotros, a vuestros sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los fieles laicos.

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1053 – A la Plenaria de la Congregación para la educación católica

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Señores cardenales, 

venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:

Doy una especial bienvenida a los cardenales y a los obispos nombrados recientemente miembros de esta Congregación, y doy las gracias al cardenal prefecto por las palabras con las que ha introducido este encuentro.

Los temas que tenéis en el orden del día son arduos, como la actualización de la constitución apostólica Sapientia christiana, la consolidación de la identidad de las universidades católicas y la preparación de los aniversarios que se conmemorarán en 2015, es decir, el 50º de la declaración conciliar Gravissimum educationis y el 25º de la constitución apostólica Ex corde Ecclesiae. La educación católica es uno de los desafíos más importantes de la Iglesia, dedicada hoy en realizar la nueva evangelización en un contexto histórico y cultural en constante transformación. Desde esta perspectiva, deseo que prestéis atención a tres aspectos.

El primer aspecto se refiere al valor del diálogo en la educación. Habéis desarrollado recientemente el tema de la educación en el diálogo intercultural en la escuela católica, con la publicación de un documento específico. En efecto, las escuelas y las universidades católicas son frecuentadas por muchos alumnos no cristianos e incluso no creyentes. Las instituciones educativas católicas ofrecen a todos una propuesta educativa que mira al desarrollo integral de la persona y responde al derecho de todos a tener acceso al saber y al conocimiento. Pero de igual modo están llamadas a ofrecer a todos, con pleno respeto de la libertad de cada uno y de los métodos propios del ambiente escolástico, la propuesta cristiana, es decir, a Jesucristo como sentido de la vida, del cosmos y de la historia.

Jesús comenzó a anunciar la buena nueva en la «Galilea de las gentes», encrucijada de personas de diferentes razas, culturas y religiones. Este contexto se parece por ciertos aspectos al mundo de hoy. Los profundos cambios que han llevado a la difusión cada vez más amplia de sociedades multiculturales exigen a quienes trabajan en el sector escolar y universitario implicarse en itinerarios educativos de confrontación y diálogo, con una fidelidad valiente e innovadora que conjugue la identidad católica con las distintas «almas» de la sociedad multicultural. Pienso con aprecio en la contribución que ofrecen los institutos religiosos y las demás instituciones eclesiales mediante la fundación y la gestión de escuelas católicas en contextos de acentuado pluralismo cultural y religioso.

El segundo aspecto concierne a la preparación cualificada de los formadores. No se puede improvisar. Debemos trabajar seriamente. En el encuentro que mantuve con los superiores generales, destaqué que hoy la educación se dirige a una generación que cambia y, por tanto, todo educador —y toda la Iglesia que es madre educadora— está llamado a cambiar, en el sentido de saber comunicarse con los jóvenes que tiene delante.

Quiero limitarme a recordar los rasgos de la figura del educador y de su tarea específica. Educar es un acto de amor, es dar vida. Y el amor es exigente, pide utilizar los mejores recursos, despertar la pasión y ponerse en camino con paciencia junto a los jóvenes. En las escuelas católicas el educador debe ser, ante todo, muy competente, cualificado y, al mismo tiempo, rico en humanidad, capaz de estar en medio de los jóvenes con estilo pedagógico para promover su crecimiento humano y espiritual. Los jóvenes tienen necesidad de calidad en la enseñanza y, a la vez, de valores, no sólo enunciados sino también testimoniados. La coherencia es un factor indispensable en la educación de los jóvenes. Coherencia. No se puede hacer crecer, no se puede educar sin coherencia: coherencia, testimonio.

Por eso el educador necesita, él mismo, una formación permanente. Es imprescindible, pues, invertir para que los profesores y los directivos mantengan su profesionalidad y también su fe y la fuerza de sus motivaciones espirituales. Y también en esta formación permanente me permito sugerir la necesidad de retiros y ejercicios espirituales para los educadores. Es hermoso organizar cursos sobre este o aquel tema, pero también es necesario organizar tandas de ejercicios espirituales, retiros, para rezar. Porque la coherencia es un esfuerzo, pero, sobre todo, es un don y una gracia. Y debemos pedirla.

El último aspecto atañe a las instituciones educativas, o sea, las escuelas y las universidades católicas y eclesiásticas. El 50º aniversario de la declaración conciliar, el 25º de la Ex corde Ecclesiae y la actualización de laSapientia christiana nos inducen a reflexionar seriamente sobre las numerosas instituciones formativas esparcidas por todo el mundo y sobre su responsabilidad de expresar una presencia viva del Evangelio en el campo de la educación, de la ciencia y de la cultura. Es preciso que las instituciones académicas católicas no se aíslen del mundo, sino que entren con valentía en el areópago de las culturas actuales y dialoguen, conscientes del don que tienen para ofrecer a todos.

Queridos hermanos, la educación es una gran obra en construcción, en la que la Iglesia desde siempre está presente con instituciones y proyectos propios. Hoy hay que incentivar ulteriormente este compromiso en todos los niveles y renovar la tarea de todos los sujetos que actúan en ella desde la perspectiva de la nueva evangelización. En este horizonte, os doy las gracias por todo vuestro trabajo e invoco, por intercesión de la Virgen María, la constante ayuda del Espíritu Santo sobre vosotros y sobre vuestras iniciativas. Os pido por favor que recéis por mí y por mi ministerio, y de corazón os bendigo. Gracias.

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1051 – Audiencia general

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la última catequesis destaqué cómo la Eucaristía nos introduce en la comunión real con Jesús y su misterio. Ahora podemos plantearnos algunas preguntas respecto a la relación entre la Eucaristía que celebramos y nuestra vida, como Iglesia y como cristianos. ¿Cómo vivimos la Eucaristía? Cuando vamos a misa el domingo, ¿cómo la vivimos? ¿Es sólo un momento de fiesta, es una tradición consolidada, es una ocasión para encontrarnos o para sentirnos bien, o es algo más?

Hay indicadores muy concretos para comprender cómo vivimos todo esto, cómo vivimos la Eucaristía; indicadores que nos dicen si vivimos bien la Eucaristía o no la vivimos tan bien. El primer indicio es nuestro modo de mirar y considerar a los demás. En la Eucaristía Cristo vive siempre de nuevo el don de sí realizado en la Cruz. Toda su vida es un acto de total entrega de sí por amor; por ello, a Él le gustaba estar con los discípulos y con las personas que tenía ocasión de conocer. Esto significaba para Él compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba su alma y su vida. Ahora, nosotros, cuando participamos en la santa misa, nos encontramos con hombres y mujeres de todo tipo: jóvenes, ancianos, niños; pobres y acomodados; originarios del lugar y extranjeros; acompañados por familiares y solos… ¿Pero la Eucaristía que celebro, me lleva a sentirles a todos, verdaderamente, como hermanos y hermanas? ¿Hace crecer en mí la capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien llora? ¿Me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los marginados? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? Todos nosotros vamos a misa porque amamos a Jesús y queremos compartir, en la Eucaristía, su pasión y su resurrección. ¿Pero amamos, como quiere Jesús, a aquellos hermanos y hermanas más necesitados? Por ejemplo, en Roma en estos días hemos visto muchos malestares sociales o por la lluvia, que causó numerosos daños en barrios enteros, o por la falta de trabajo, consecuencia de la crisis económica en todo el mundo. Me pregunto, y cada uno de nosotros se pregunte: Yo, que voy a misa, ¿cómo vivo esto? ¿Me preocupo por ayudar, acercarme, rezar por quienes tienen este problema? ¿O bien, soy un poco indiferente? ¿O tal vez me preocupo de murmurar: Has visto cómo está vestida aquella, o cómo está vestido aquél? A veces se hace esto después de la misa, y no se debe hacer. Debemos preocuparnos de nuestros hermanos y de nuestras hermanas que pasan necesidad por una enfermedad, por un problema. Hoy, nos hará bien pensar en estos hermanos y hermanas nuestros que tienen estos problemas aquí en Roma: problemas por la tragedia provocada por la lluvia y problemas sociales y del trabajo. Pidamos a Jesús, a quien recibimos en la Eucaristía, que nos ayude a ayudarles.

Un segundo indicio, muy importante, es la gracia de sentirse perdonados y dispuestos a perdonar. A veces alguien pregunta: «¿Por qué se debe ir a la iglesia, si quien participa habitualmente en la santa misa es pecador como los demás?». ¡Cuántas veces lo hemos escuchado! En realidad, quien celebra la Eucaristía no lo hace porque se considera o quiere aparentar ser mejor que los demás, sino precisamente porque se reconoce siempre necesitado de ser acogido y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. Si cada uno de nosotros no se siente necesitado de la misericordia de Dios, no se siente pecador, es mejor que no vaya a misa. Nosotros vamos a misa porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Dios, participar en la redención de Jesús, en su perdón. El «yo confieso» que decimos al inicio no es un «pro forma», es un auténtico acto de penitencia. Yo soy pecador y lo confieso, así empieza la misa. No debemos olvidar nunca que la Última Cena de Jesús tuvo lugar «en la noche en que iba a ser entregado» (1 Cor 11, 23). En ese pan y en ese vino que ofrecemos y en torno a los cuales nos reunimos se renueva cada vez el don del cuerpo y de la sangre de Cristo para la remisión de nuestros pecados. Debemos ir a misa humildemente, como pecadores, y el Señor nos reconcilia.

Un último indicio precioso nos ofrece la relación entre la celebración eucarística y la vida de nuestras comunidades cristianas. Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de lo que Jesús dijo e hizo. No. Es precisamente una acción de Cristo. Es Cristo quien actúa allí, que está en el altar. Es un don de Cristo, quien se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos con su Palabra y su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia brotan de allí, de la Eucaristía, y allí siempre toman forma. Una celebración puede resultar incluso impecable desde el punto de vista exterior, bellísima, pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún sustento a nuestro corazón y a nuestra vida. A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia e impregnarla con su gracia, de tal modo que en cada comunidad cristiana exista esta coherencia entre liturgia y vida.

El corazón se llena de confianza y esperanza pensando en las palabras de Jesús citadas en el Evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de atención hacia los necesitados y hacia las necesidades de tantos hermanos y hermanas, con la certeza de que el Señor cumplirá lo que nos ha prometido: la vida eterna. Que así sea.

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1052 – A los obispos de la Conferencia Episcopal de Bulgaria en visita “ad limina”

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Queridos hermanos en el episcopado:

Os acojo con alegría, con ocasión de la visita ad limina Apostolorum, y en vuestras personas veo y honro la fe y la caridad del pueblo fiel que vive en Bulgaria.

Gracias a Dios y al compromiso coral de los diferentes componentes eclesiales, obispos y sacerdotes, religiosos, catequistas y fieles laicos, se asiste a un despertar de actividades e iniciativas que demuestran la vitalidad de la fe católica en vuestro país. Me refiero, en particular, a algunos acontecimientos que la Iglesia en Bulgaria ha promovido durante los últimos años: el Jubileo proclamado por el exarcado apostólico para los católicos de rito bizantino-eslavo a fin de celebrar el 150º aniversario de la unión con la Sede apostólica de Roma; el Congreso científico-conmemorativo de la obra del arzobispo Angelo Giuseppe Roncalli, visitador y delegado apostólico en Bulgaria durante los años 1925-1934; y las celebraciones por el 60º aniversario del martirio del obispo pasionista beato Evgenij Bossilkov. Además, durante el reciente Año de la fe hubo otros momentos significativos, como el Encuentro nacional de los católicos de Bulgaria, la Jornada nacional de los jóvenes y el Congreso de estudio sobre el concilio Vaticano II.

Estas iniciativas confirman que las comunidades católicas, pertenecientes ya sea a la Iglesia latina ya sea a la Iglesia greco-católica, aun constituyendo una minoría numérica en el país, cumplen con ahínco su misión de testimoniar tanto los valores morales naturales como el Evangelio de Cristo, en una sociedad marcada por muchos vacíos espirituales dejados detrás de sí por el pasado régimen ateo o por la recepción acrítica de modelos culturales en los que prevalecen las sugestiones de cierto materialismo práctico. Os exhorto a caminar con valentía por esta senda, tratando de llevar a cabo también en vuestro país la transformación misionera que la Iglesia está llamada a realizar en todo el mundo. Esto requiere una conversión espiritual y pastoral que comienza con la toma de conciencia de que, en virtud del bautismo, todos somos discípulos misioneros, enviados por el Señor a evangelizar con alegría y con espíritu, valorando también el precioso tesoro de la piedad popular. Este renovado compromiso misionero posee también una dimensión social, que tiene como punto de referencia la doctrina social de la Iglesia y cuyas prioridades son la inserción social de los pobres y el compromiso por el bien común y la paz social.

Al respecto, es muy significativo que las instituciones civiles reconozcan el papel de la Santa Sede como autoridad espiritual y moral en el seno de la comunidad internacional y valoren de modo positivo la presencia de la Iglesia católica en el contexto de la nación búlgara y la contribución que ofrece al servicio del bien común y del progreso del país.

Ojalá que los numerosos testimonios de fidelidad a Cristo y a la Iglesia dados en los períodos dramáticos y el camino emprendido en estos dos decenios de libertad reconquistada os colmen de gratitud hacia el Señor y os infundan confianza en su acción providente en la historia. Al mismo tiempo, os exhorto a un compromiso renovado y concorde en la formación de los fieles, promoviendo tanto una catequesis adecuada como un cuidado particular de la pastoral juvenil y vocacional y de la fraternidad sacerdotal, de modo que se favorezcan las condiciones para la maduración de la fe y la apertura generosa a un horizonte misionero.

Vuestras comunidades, queridos hermanos, viven y trabajan junto con las de la Iglesia ortodoxa búlgara. Os pido, pues, que llevéis mi saludo cordial al patriarca Neófito, de quien se celebrará en pocos días el primer aniversario de su elección canónica, y os invito afectuosamente a proseguir vuestros esfuerzos por promover un diálogo cada vez más intenso y fraterno con la Iglesia ortodoxa. En la escucha común y orante de la Palabra de Dios deseo que el corazón y la mente de todos se abran para que sea cada vez más concreta la esperanza de llegar a celebrar unidos el sacrificio eucarístico, haciendo memoria de las palabras de nuestro Señor, que la víspera de su muerte rogó al Padre para que todos sus discípulos «sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado» (Jn 17, 23).

El próximo 27 de abril se celebrará en Roma la canonización de los beatos Juan XXIII y Juan Pablo II. Me alegra que tanto la diócesis de Sofía y Plovdiv como la de Nicópolis y el exarcado apostólico para los católicos de rito bizantino-eslavo estén presentes en la solemne celebración con importantes delegaciones. Éste es un signo elocuente de cuánto influyó el testimonio del primer Papa eslavo en el alma y en la vida de la comunidad católica búlgara, en particular la visita que realizó a vuestra patria en mayo de 2002; e igualmente es signo de cuán vivo es el recuerdo dejado por el arzobispo Angelo Giuseppe Roncalli durante los nueve años que trabajó en Bulgaria como delegado apostólico. En el momento de despedirse del país, se expresó en estos términos: «En cualquier lugar del mundo donde viva, si alguien de Bulgaria pasa por mi casa, durante la noche, en medio de las dificultades de la vida, encontrará siempre la lámpara encendida. Llame, llame, que no se le preguntará si es católico u ortodoxo: ¡hermano de Bulgaria! Basta que entre, dos brazos fraternos, un corazón cálido de amigo lo acogerán con alegría» (Homilía de Navidad, 25 de diciembre de 1934). Son palabras que revelan el afecto del delegado apostólico monseñor Roncalli por el pueblo búlgaro, que en medio de las vicisitudes de la historia ha mantenido viva la llama de la fe en Cristo.

Queridos hermanos, encomiendo a la santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, a los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los pueblos eslavos, y al obispo y mártir beato Evgenij Bossilkov, vuestras esperanzas y preocupaciones, el camino de vuestras Iglesias y el desarrollo de vuestra patria terrenal, e invoco la bendición del Señor sobre vosotros, los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles de la querida nación búlgara.

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1050 – A los obispos de Polonia en visita ad limina

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Queridos hermanos en el episcopado:

Os saludo cordialmente a cada uno de vosotros y a las Iglesias particulares que el Señor ha confiado a vuestra guía paterna. Doy las gracias a monseñor Józef Michalik por sus palabras, sobre todo por haberme asegurado que la Iglesia que está en Polonia reza por mí y por mi ministerio.

Se puede decir que nos encontramos en vísperas de la canonización del beato Juan Pablo II. Todos llevamos en el corazón a este gran pastor que, en todas las etapas de su misión —como sacerdote, obispo y Papa—, nos dio un ejemplo luminoso de abandono total a Dios y a su Madre, y de dedicación completa a la Iglesia y al hombre. Nos acompaña desde el cielo y nos recuerda cuán importante es la comunión espiritual y pastoral entre los obispos. La unidad de los pastores, en la fe, en la caridad, en la enseñanza y en la solicitud común por el bien de los fieles constituye un punto de referencia para toda la comunidad eclesial y para quienquiera que busque una orientación segura en la senda diaria por los caminos del Señor. Que nada ni nadie cree divisiones entre vosotros, queridos hermanos. Estáis llamados a construir la comunión y la paz arraigadas en el amor fraterno, y a dar a todos un ejemplo alentador. Ciertamente, esta actitud será fecunda y dará a vuestro pueblo fiel la fuerza de la esperanza.

Durante nuestros encuentros de estos días confirmé que la Iglesia en Polonia tiene grandes potencialidades de fe, de oración, de caridad y de práctica cristiana. Gracias a Dios, en Polonia hay una buena frecuencia a los sacramentos, hay valiosas iniciativas en los sectores de la nueva evangelización y la catequesis, hay una amplia actividad caritativo-social y un desarrollo satisfactorio de las vocaciones sacerdotales. Todo esto favorece la formación cristiana de las personas, la práctica motivada y convencida, la disponibilidad de los laicos y de los religiosos a colaborar activamente en las estructuras eclesiales y sociales. Respecto al hecho de que también se verifica cierta disminución en diferentes aspectos de la vida cristiana, se requiere un discernimiento, una búsqueda de los motivos y de los modos de afrontar los nuevos desafíos, como por ejemplo la idea de una libertad sin límites, la tolerancia hostil o desconfiada de la verdad, o el malhumor por la justa oposición de la Iglesia al relativismo imperante.

Ante todo, en el ámbito de la pastoral ordinaria, quiero focalizar vuestra atención en la familia, «célula básica de la sociedad», «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos» (Evangelii gaudium, 66). Hoy, en cambio, el matrimonio es considerado a menudo una forma de gratificación afectiva que se puede constituir de cualquier modo y modificar según la sensibilidad de cada uno (cf. ibíd.). Por desgracia, esta visión influye también en la mentalidad de los cristianos, facilitando el recurso al divorcio o a la separación de hecho. Los pastores están llamados a preguntarse cómo ayudar a quienes viven en esta situación, a fin de que no se sientan excluidos de la misericordia de Dios, del amor fraterno de los demás cristianos y de la solicitud de la Iglesia por su salvación; cómo ayudarles a que no abandonen la fe y eduquen a sus hijos en la plenitud de la experiencia cristiana.

Por otra parte, es preciso preguntarse cómo mejorar la preparación de los jóvenes al matrimonio, de manera que descubran cada vez más la belleza de esta unión que, bien fundada en el amor y en la responsabilidad, es capaz de superar las pruebas, las dificultades y el egoísmo con el perdón recíproco, reparando lo que corre el riesgo de arruinarse y no cayendo en la trampa de la mentalidad del descarte. Es necesario preguntarse cómo ayudar a las familias a vivir y apreciar tanto los momentos de alegría como los de dolor y debilidad.

Las comunidades eclesiales han de ser lugares de escucha, de diálogo, de consuelo y de apoyo para los esposos en su camino conyugal y en su misión educativa. Que siempre puedan encontrar en los pastores el apoyo de auténticos padres y guías espirituales que los protejan de la amenaza de las ideologías negativas y los ayuden a ser fuertes en Dios y en su amor.

La perspectiva del próximo encuentro mundial de la juventud, que tendrá lugar en Cracovia en 2016, me lleva a pensar en los jóvenes, quienes, junto con los ancianos, son la esperanza de la Iglesia. Hoy, un mundo rico en instrumentos informáticos les ofrece nuevas posibilidades de comunicación, pero, al mismo tiempo, reduce las relaciones interpersonales de contacto directo, de intercambio de valores y de experiencias compartidas. Sin embargo, en el corazón de los jóvenes hay un anhelo de algo más profundo, que valore plenamente su personalidad. Es preciso satisfacer este deseo.

En este sentido, la catequesis ofrece amplias posibilidades. Sé que en Polonia participa en ello la mayor parte de los alumnos de las escuelas, quienes logran un buen conocimiento de las verdades de la fe. La religión cristiana, sin embargo, no es una ciencia abstracta, sino un conocimiento existencial de Cristo, una relación personal con Dios que es amor. Quizá sea necesario insistir más en la formación de la fe vivida como relación, en la que se experimenta la alegría de ser amados y de poder amar. Es indispensable intensificar la solicitud de los catequistas y de los pastores, para que las nuevas generaciones puedan descubrir plenamente el valor de los sacramentos como medios privilegiados de encuentro con Cristo vivo y fuente de gracia. Los jóvenes han de ser animados a formar parte de los movimientos y de las asociaciones, cuya espiritualidad se basa en la Palabra de Dios, en la liturgia, en la vida comunitaria y en el testimonio misionero. También han de tener la oportunidad de expresar su disponibilidad y su entusiasmo juvenil en las obras de caridad promovidas por los grupos parroquiales o escolares de Cáritas o en otras formas de voluntariado y de misión. Su fe, su amor y su esperanza han de reforzarse y florecer en su compromiso concreto en el nombre de Cristo.

El tercer punto que quiero recomendaros son las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Con vosotros doy gracias al Señor porque en los últimos decenios ha enviado a la tierra polaca numerosos obreros para su mies. Muchos buenos y santos sacerdotes polacos desempeñan con dedicación su ministerio tanto en sus propias Iglesias locales como en el extranjero y en las misiones. Pero la Iglesia en Polonia no debe cansarse de seguir rezando por las nuevas vocaciones sacerdotales. A vosotros, queridos obispos, os compete la tarea de preocuparos de que esta oración se traduzca en un compromiso concreto en la pastoral vocacional y en la buena preparación de los candidatos en los seminarios.

En Polonia, gracias a la presencia de buenas universidades y facultades teológicas, los seminaristas adquieren una valiosa preparación intelectual y pastoral. Esta debe ir acompañada siempre por la formación humana y espiritual, para que vivan una intensa relación personal con el buen Pastor y sean hombres de oración asidua, abiertos a la acción del Espíritu Santo, generosos, pobres de espíritu y llenos de amor ardiente al Señor y al prójimo.

En el ministerio sacerdotal, la luz del testimonio podría ofuscarse o «ponerse debajo del celemín» si faltara el espíritu misionero, la voluntad de «salir» con una conversión misionera siempre renovada para buscar —también en las periferias— y llegar a quienes esperan la buena nueva de Cristo. Este estilo apostólico requiere también espíritu de pobreza y abandono para ser libres en el anuncio y sinceros en el testimonio de la caridad. Con este propósito, recuerdo las palabras del beato Juan Pablo II: «De todos nosotros, sacerdotes de Jesucristo, se espera que seamos fieles al ejemplo que Él nos dejó. Por tanto, que seamos “para los demás”. Y si “tenemos”, que tengamos también “para los demás”. Más aún, porque si tenemos, tenemos “de los demás” (…). Con un estilo de vida cercano al de una familia media, mejor todavía, al de una familia más pobre» (Discurso a los seminaristas, al clero y a los religiosos en la catedral de Stettino, 11 de junio de 1987, 9).

No olvidemos, queridos hermanos, las vocaciones a la vida consagrada, sobre todo las femeninas. Como habéis observado, preocupa la disminución de la adhesión a las congregaciones religiosas también en Polonia: es un fenómeno complejo, cuyas causas son múltiples. Deseo que los institutos religiosos femeninos sigan siendo, de modo adecuado a nuestros tiempos, lugares privilegiados de la realización y el crecimiento humano y espiritual de las mujeres. Que las religiosas estén dispuestas a afrontar también las tareas y las misiones difíciles y exigentes que valoren su capacidad intelectual, afectiva y espiritual, sus talentos y carismas personales. Recemos por las vocaciones femeninas y acompañemos con estima a nuestras hermanas que, a menudo en silencio y sin ser observadas, entregan su vida por el Señor y por la Iglesia, en la oración, en la pastoral y en la caridad.

Concluyo exhortándoos a ser solícitos con los pobres. También en Polonia, a pesar del actual desarrollo económico del país, hay muchos necesitados, desempleados, sin vivienda, enfermos y abandonados, así como muchas familias —sobre todo las numerosas— sin medios suficientes para vivir y educar a sus hijos. Estad cerca de ellos. Sé cuánto hace la Iglesia en Polonia en este campo, mostrando gran generosidad no sólo en su patria sino también en otros países del mundo. Os doy las gracias a vosotros y a vuestras comunidades por esta obra. Seguid alentando a vuestros sacerdotes, a los religiosos y a todos los fieles a tener la «fantasía de la caridad», y a practicarla siempre. Y no olvidéis a quienes, por diferentes motivos, dejan el país y tratan de comenzar una nueva vida en el exterior. Su número creciente y sus exigencias quizá requieran mayor atención por parte de la Conferencia episcopal. Acompañadlos con adecuado cuidado pastoral, para que conserven la fe y las tradiciones religiosas del pueblo polaco.

Queridos hermanos, os agradezco vuestra visita. Llevad mi saludo cordial a vuestras Iglesias particulares y a todos vuestros compatriotas. Que la Virgen María, Reina de Polonia, interceda por la Iglesia en vuestro país: proteja con su manto a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles, y obtenga a cada uno y a cada comunidad la plenitud de las gracias del Señor. Invoquémosla juntos: Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix, nostras deprecationes ne despicias in necessitatibus, sed a periculis cunctis libera nos semper, Virgo gloriosa et benedicta.

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1049 – Mensaje para la XXIX Jornada Mundial de la juventud 2014

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«Bienaventurados los pobres de espíritu, 

porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3)

 Queridos jóvenes:

Tengo grabado en mi memoria el extraordinario encuentro que vivimos en Río de Janeiro, en la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud. ¡Fue una gran fiesta de la fe y de la fraternidad! La buena gente brasileña nos acogió con los brazos abiertos, como la imagen de Cristo Redentor que desde lo alto del Corcovado domina el magnífico panorama de la playa de Copacabana. A orillas del mar, Jesús renovó su llamada a cada uno de nosotros para que nos convirtamos en sus discípulos misioneros, lo descubramos como el tesoro más precioso de nuestra vida y compartamos esta riqueza con los demás, los que están cerca y los que están lejos, hasta las extremas periferias geográficas y existenciales de nuestro tiempo.

La próxima etapa de la peregrinación intercontinental de los jóvenes será Cracovia, en 2016. Para marcar nuestro camino, quisiera reflexionar con vosotros en los próximos tres años sobre las Bienaventuranzas que leemos en el Evangelio de San Mateo (5,1-12). Este año comenzaremos meditando la primera de ellas: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3); el año 2015: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8); y por último, en el año 2016 el tema será: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7).

1. La fuerza revolucionaria de las Bienaventuranzas

Siempre nos hace bien leer y meditar las Bienaventuranzas. Jesús las proclamó en su primera gran predicación, a orillas del lago de Galilea. Había un gentío tan grande, que subió a un monte para enseñar a sus discípulos; por eso, esa predicación se llama el “sermón de la montaña”. En la Biblia, el monte es el lugar donde Dios se revela, y Jesús, predicando desde el monte, se presenta como maestro divino, como un nuevo Moisés. Y ¿qué enseña? Jesús enseña el camino de la vida, el camino que Él mismo recorre, es más, que Él mismo es, y lo propone como camino para la verdadera felicidad. En toda su vida, desde el nacimiento en la gruta de Belén hasta la muerte en la cruz y la resurrección, Jesús encarnó las Bienaventuranzas. Todas las promesas del Reino de Dios se han cumplido en Él.

Al proclamar las Bienaventuranzas, Jesús nos invita a seguirle, a recorrer con Él el camino del amor, el único que lleva a la vida eterna. No es un camino fácil, pero el Señor nos asegura su gracia y nunca nos deja solos. Pobreza, aflicciones, humillaciones, lucha por la justicia, cansancios en la conversión cotidiana, dificultades para vivir la llamada a la santidad, persecuciones y otros muchos desafíos están presentes en nuestra vida. Pero, si abrimos la puerta a Jesús, si dejamos que Él esté en nuestra vida, si compartimos con Él las alegrías y los sufrimientos, experimentaremos una paz y una alegría que sólo Dios, amor infinito, puede dar.

Las Bienaventuranzas de Jesús son portadoras de una novedad revolucionaria, de un modelo de felicidad opuesto al que habitualmente nos comunican los medios de comunicación, la opinión dominante. Para la mentalidad mundana, es un escándalo que Dios haya venido para hacerse uno de nosotros, que haya muerto en una cruz. En la lógica de este mundo, los que Jesús proclama bienaventurados son considerados “perdedores”, débiles. En cambio, son exaltados el éxito a toda costa, el bienestar, la arrogancia del poder, la afirmación de sí mismo en perjuicio de los demás.

Queridos jóvenes, Jesús nos pide que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. Se trata de un gran desafío para la fe. Jesús no tuvo miedo de preguntar a sus discípulos si querían seguirle de verdad o si preferían irse por otros caminos (cf. Jn 6,67). Y Simón, llamado Pedro, tuvo el valor de contestar: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn6,68). Si sabéis decir “sí” a Jesús, entonces vuestra vida joven se llenará de significado y será fecunda.

2. El valor de ser felices

Pero, ¿qué significa “bienaventurados” (en griego makarioi)? Bienaventurados quiere decir felices. Decidme: ¿Buscáis de verdad la felicidad? En una época en que tantas apariencias de felicidad nos atraen, corremos el riesgo de contentarnos con poco, de tener una idea de la vida “en pequeño”. ¡Aspirad, en cambio, a cosas grandes! ¡Ensanchad vuestros corazones! Como decía el beato Piergiorgio Frassati: «Vivir sin una fe, sin un patrimonio que defender, y sin sostener, en una lucha continua, la verdad, no es vivir, sino ir tirando. Jamás debemos ir tirando, sino vivir» (Carta a I. Bonini, 27 de febrero de 1925). En el día de la beatificación de Piergiorgio Frassati, el 20 de mayo de 1990, Juan Pablo II lo llamó «hombre de las Bienaventuranzas» (Homilía en la S. Misa: AAS 82 [1990], 1518).

Si de verdad dejáis emerger las aspiraciones más profundas de vuestro corazón, os daréis cuenta de que en vosotros hay un deseo inextinguible de felicidad, y esto os permitirá desenmascarar y rechazar tantas ofertas “a bajo precio” que encontráis a vuestro alrededor. Cuando buscamos el éxito, el placer, el poseer en modo egoísta y los convertimos en ídolos, podemos experimentar también momentos de embriaguez, un falso sentimiento de satisfacción, pero al final nos hacemos esclavos, nunca estamos satisfechos, y sentimos la necesidad de buscar cada vez más. Es muy triste ver a una juventud “harta”, pero débil.

San Juan, al escribir a los jóvenes, decía: «Sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno» (1 Jn 2,14). Los jóvenes que escogen a Jesús son fuertes, se alimentan de su Palabra y no se “atiborran” de otras cosas. Atreveos a ir contracorriente. Sed capaces de buscar la verdadera felicidad. Decid no a la cultura de lo provisional, de la superficialidad y del usar y tirar, que no os considera capaces de asumir responsabilidades y de afrontar los grandes desafíos de la vida.

3. Bienaventurados los pobres de espíritu…

La primera Bienaventuranza, tema de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, declara felices a los pobres de espíritu, porque a ellos pertenece el Reino de los cielos. En un tiempo en el que tantas personas sufren a causa de la crisis económica, poner la pobreza al lado de la felicidad puede parecer algo fuera de lugar. ¿En qué sentido podemos hablar de la pobreza como una bendición?

En primer lugar, intentemos comprender lo que significa «pobres de espíritu». Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, eligió un camino de pobreza, de humillación. Como dice San Pablo en la Carta a los Filipenses: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres» (2,5-7). Jesús es Dios que se despoja de su gloria. Aquí vemos la elección de la pobreza por parte de Dios: siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9). Es el misterio que contemplamos en el belén, viendo al Hijo de Dios en un pesebre, y después en una cruz, donde la humillación llega hasta el final.

El adjetivo griego ptochós (pobre) no sólo tiene un significado material, sino que quiere decir “mendigo”. Está ligado al concepto judío de anawim, los “pobres de Yahvé”, que evoca humildad, conciencia de los propios límites, de la propia condición existencial de pobreza. Los anawim se fían del Señor, saben que dependen de Él.

Jesús, como entendió perfectamente santa Teresa del Niño Jesús, en su Encarnación se presenta como un mendigo, un necesitado en busca de amor. El Catecismo de la Iglesia Católica habla del hombre como un «mendigo de Dios» (n.º 2559) y nos dice que la oración es el encuentro de la sed de Dios con nuestra sed (n.º 2560).

San Francisco de Asís comprendió muy bien el secreto de la Bienaventuranza de los pobres de espíritu. De hecho, cuando Jesús le habló en la persona del leproso y en el Crucifijo, reconoció la grandeza de Dios y su propia condición de humildad. En la oración, el Poverello pasaba horas preguntando al Señor: «¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo?». Se despojó de una vida acomodada y despreocupada para desposarse con la “Señora Pobreza”, para imitar a Jesús y seguir el Evangelio al pie de la letra. Francisco vivió inseparablemente la imitación de Cristo pobre y el amor a los pobres, como las dos caras de una misma moneda.

Vosotros me podríais preguntar: ¿Cómo podemos hacer que esta pobreza de espíritu se transforme en un estilo de vida, que se refleje concretamente en nuestra existencia? Os contesto con tres puntos.

Ante todo, intentad ser libres en relación con las cosas. El Señor nos llama a un estilo de vida evangélico de sobriedad, a no dejarnos llevar por la cultura del consumo. Se trata de buscar lo esencial, de aprender a despojarse de tantas cosas superfluas que nos ahogan. Desprendámonos de la codicia del tener, del dinero idolatrado y después derrochado. Pongamos a Jesús en primer lugar. Él nos puede liberar de las idolatrías que nos convierten en esclavos. ¡Fiaros de Dios, queridos jóvenes! Él nos conoce, nos ama y jamás se olvida de nosotros. Así como cuida de los lirios del campo (cfr. Mt 6,28), no permitirá que nos falte nada. También para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a cambiar de estilo de vida, a evitar tanto derroche. Igual que se necesita valor para ser felices, también es necesario el valor para ser sobrios.

En segundo lugar, para vivir esta Bienaventuranza necesitamos la conversión en relación a los pobres. Tenemos que preocuparnos de ellos, ser sensibles a sus necesidades espirituales y materiales. A vosotros, jóvenes, os encomiendo en modo particular la tarea de volver a poner en el centro de la cultura humana la solidaridad. Ante las viejas y nuevas formas de pobreza –el desempleo, la emigración, los diversos tipos de dependencias–, tenemos el deber de estar atentos y vigilantes, venciendo la tentación de la indiferencia. Pensemos también en los que no se sienten amados, que no tienen esperanza en el futuro, que renuncian a comprometerse en la vida porque están desanimados, desilusionados, acobardados. Tenemos que aprender a estar con los pobres. No nos llenemos la boca con hermosas palabras sobre los pobres. Acerquémonos a ellos, mirémosles a los ojos, escuchémosles. Los pobres son para nosotros una ocasión concreta de encontrar al mismo Cristo, de tocar su carne que sufre.

Pero los pobres –y este es el tercer punto– no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellostienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres! Un santo del siglo XVIII, Benito José Labre, que dormía en las calles de Roma y vivía de las limosnas de la gente, se convirtió en consejero espiritual de muchas personas, entre las que figuraban nobles y prelados. En cierto sentido, los pobres son para nosotros como maestros. Nos enseñan que una persona no es valiosa por lo que posee, por lo que tiene en su cuenta en el banco. Un pobre, una persona que no tiene bienes materiales, mantiene siempre su dignidad. Los pobres pueden enseñarnos mucho, también sobre la humildad y la confianza en Dios. En la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-14), Jesús presenta a este último como modelo porque es humilde y se considera pecador. También la viuda que echa dos pequeñas monedas en el tesoro del templo es un ejemplo de la generosidad de quien, aun teniendo poco o nada, da todo (cf. Lc 21,1-4).

4. … porque de ellos es el Reino de los cielos

El tema central en el Evangelio de Jesús es el Reino de Dios. Jesús es el Reino de Dios en persona, es el Emmanuel, Dios-con-nosotros. Es en el corazón del hombre donde el Reino, el señorío de Dios, se establece y crece. El Reino es al mismo tiempo don y promesa. Ya se nos ha dado en Jesús, pero aún debe cumplirse en plenitud. Por ello pedimos cada día al Padre: «Venga a nosotros tu reino».

Hay un profundo vínculo entre pobreza y evangelización, entre el tema de la pasada Jornada Mundial de la Juventud –«Id y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19)– y el de este año: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). El Señor quiere una Iglesia pobre que evangelice a los pobres. Cuando Jesús envió a los Doce, les dijo: «No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre; ni tampoco alforja para el camino; ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento» (Mt 10,9-10). La pobreza evangélica es una condición fundamental para que el Reino de Dios se difunda. Las alegrías más hermosas y espontáneas que he visto en el transcurso de mi vida son las de personas pobres, que tienen poco a que aferrarse. La evangelización, en nuestro tiempo, sólo será posible por medio del contagio de la alegría.

Como hemos visto, la Bienaventuranza de los pobres de espíritu orienta nuestra relación con Dios, con los bienes materiales y con los pobres. Ante el ejemplo y las palabras de Jesús, nos damos cuenta de cuánta necesidad tenemos de conversión, de hacer que la lógica del ser más prevalezca sobre la del tener más. Los santos son los que más nos pueden ayudar a entender el significado profundo de las Bienaventuranzas. La canonización de Juan Pablo II el segundo Domingo de Pascua es, en este sentido, un acontecimiento que llena nuestro corazón de alegría. Él será el gran patrono de las JMJ, de las que fue iniciador y promotor. En la comunión de los santos seguirá siendo para todos vosotros un padre y un amigo.

El próximo mes de abril es también el trigésimo aniversario de la entrega de la Cruz del Jubileo de la Redención a los jóvenes. Precisamente a partir de ese acto simbólico de Juan Pablo II comenzó la gran peregrinación juvenil que, desde entonces, continúa a través de los cinco continentes. Muchos recuerdan las palabras con las que el Papa, el Domingo de Pascua de 1984, acompañó su gesto: «Queridos jóvenes, al clausurar el Año Santo, os confío el signo de este Año Jubilar: ¡la Cruz de Cristo! Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención».

Queridos jóvenes, el Magnificat, el cántico de María, pobre de espíritu, es también el canto de quien vive las Bienaventuranzas. La alegría del Evangelio brota de un corazón pobre, que sabe regocijarse y maravillarse por las obras de Dios, como el corazón de la Virgen, a quien todas las generaciones llaman “dichosa” (cf. Lc 1,48). Que Ella, la madre de los pobres y la estrella de la nueva evangelización, nos ayude a vivir el Evangelio, a encarnar las Bienaventuranzas en nuestra vida, a atrevernos a ser felices.

Vaticano, 21 de enero de 2014, Memoria de Santa Inés, Virgen y Mártir

FRANCISCO

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